miércoles, 16 de octubre de 2013

Un día...

De los padres se pueden heredar muchas cosas, el color de ojos, de pelo, la altura, el físico, etc. De mis viejos no heredé ni el color de ojos ni el del pelo, esas son características que vienen de mis abuelas. Pero si heredé otras cualidades, más importantes en mi opinión que las físicas.
Una noche mi papá agarró un libro y me contó una historia, no lo dejé irse a dormir hasta no saber cómo terminaba. La segunda noche me obligó a esperar al día siguiente para saber el final. Ya para la quinta noche no era necesario que me dijera nada, yo sabía que en algún momento el relato se iba a terminar y debía esperar todo un día para saber cómo terminaba el cuento. Sin que yo me diera cuenta se pasó un año de historias. Pero, una noche, sin que yo notara cuál fue, mi papá dejó de ir a leerme un cuento como lo hacía antes.
Un día, paseando por el centro de calle doce, mi mamá me hizo entrar en una librería y me compró la primer novela que leí yo sola... “Mujercitas”. Fue un día, como cualquier otro, en que empecé a leer por mis propios méritos. Fue ese el día en que mis papás festejaron mi temprano inicio de independencia.
Un día llegué llorando de la escuela y mi mamá se acostó a mi lado y me abrazó hasta que me tranquilicé y me quedé dormida.
Podría haber heredado un montón de cosas de mis viejos pero heredé las mejores. Una personalidad fuerte que me permite afrontar mis problemas, sabiendo que si caigo van a estar ellos dos para ayudarme a levantarme; una impaciencia extrema por averiguar cómo terminan las cosas, pero, también, una poca paciencia para darles su tiempo; el amor por la lectura, por agarrar un libro y transportarme a otra realidad.
Un día le mentí a mis papás y perdí su confianza; ese día aprendí la importancia que tiene la honestidad, hoy creo que es una de las mejores cosas que me enseñaron.
Un día vi a mi mamá estar despierta hasta las cinco de la mañana para hacerle el aguante a su amiga, ese día aprendí la importancia que tiene la lealtad hacia las amistades.
Un día me enseñaron a luchar por mis ideales, a pensar por mi misma y a no dejarme pasar por encima.
Un día encontré a mi papá sentado en la computadora escribiendo. Lo que nunca supe, hasta el día de hoy, que ese iba a ser el inicio de una pasión que mis viejos me inculcaron, el amor a la escritura.
Un día necesité un consejo y ellos estuvieron ahí para escucharme; ese día me enseñaron lo importante que es estar cuando el otro te necesita.
Un día, paseando por el centro, vi unos nenes pidiendo comida. Mi papá entró a un kiosco y les compró, si no me equivoco, unos alfajores. Ante mi pregunta, una tan esperada, de por qué les compraba eso si no les iban a dar nada a cambio, mi papá me respondió: “Porque la solidaridad es desinteresada”.
Un día, siendo ya más grande, vi como mucha gente da esperando algo a cambio. Ese día mi papá me enseñó que en la vida siempre va a haber gente que espera que le devuelvan lo que dan.
Un día vi a mi mamá secarse las lágrimas para evitar que mi hermano y yo viéramos que estaba mal; ese día aprendí lo fuerte que puede ser una persona, que puede estar llorando y, al mismo tiempo, fingir una sonrisa y decir “está todo bien”. Ese día aprendí lo importante que es ver detrás de las sonrisas falsas que hace la gente que nos importa.
Un día dejé de recibir los llamados de mi vieja para ver si estaba todo bien, qué estaba haciendo o qué iba a hacer. Ese día comprendí que me había ganado su confianza.
Un día me senté a pensar qué había heredado de mis papás y me di cuenta que muy pocos rasgos físicos son de ellos. Pero... ¿a quién le importa lo físico cuando heredé lo mejor de cada uno de ellos?

miércoles, 9 de octubre de 2013

Días de biblioteca

Era un típico día primaveral; el sol alumbraba cada lugar de la plaza, el viento soplaba suavemente y mis cabellos se movían a su merced. Mis amigos charlaban sobre temas sin relevancia cuando la alarma de mi celular sonó, ya eran las tres de la tarde y debía irme.
- Bueno amores de mi vida- dije mientras me levantaba y agarraba mi bolso-; el deber me llama, así que yo me retiro.
- ¿Ya te vas?- preguntó Emi, mi mejor amiga.
- Si querida, tengo que ir a la biblioteca.
- La verdad es que no entiendo para qué haces eso- dijo Mari mientras agarraba el paquete de galletitas, los demás chicos, a excepción de Emi y Santi, asintieron, dándole la razón.
- Lo hago- respondí enojada, ya estaba cansada de que todos me dijeran lo mismo-, porque es una buena causa y porque creo que es una buena forma de contribuir a la sociedad. Si pudieras tomarte una hora de tu vida por día podrías ver la emoción con la que te reciben los nenes cuando vas a verlos.
- Yo tengo una vida complicada Violetta, no tengo tiempo para andar perdiendo.
- No es perder tiempo María, es poder darle a los nenes algo más que la mierda que ven día a día, es darles esperanzas. Vos no sabés lo que se siente, pero es hermoso ver la sonrisa en sus rostros mientras vos, tomándote sólo una hora, vas a contarles el libro que leíste; siquiera tenés que leerselos simplemente con tu simple presencia ya se sienten mejor.
Luego de decir eso me encaminé hasta la parada del colectivo; tenía media hora para llegar hasta la biblioteca y el micro tardaba quince así que podía tomarme unos minutos para fumar un cigarrillo tranquila y pensar en qué libro iba a contarles; siempre querían que les cuente más de uno y tenía que estar lista para el batallón de nenes sentados frente a mi, sonriendo y esperando que empezara el relato.
La rutina era siempre la misma: a las tres y media llegaban los nenes y estábamos más de media hora hasta que se sentaban y me contaban cómo había sido su día y, a veces, su semana; me encantaba ver que, por un rato, ellos sonreían y podían disfrutar de su niñez. Pero era muy fuerte verlos a diario trabajando o pidiendo monedas en la calle para poder ayudar a sus papás. Yo intentaba ayudarlos lo máximo posible, les daba comida, ropa y, también, algo de plata; pero nunca fue lo mismo ver sus caras de felicidad y, al día siguiente, ver su cara cuando andaban por las calles. Generalmente para las cuatro de la tarde podíamos sentarnos a leer o, como pasaba casi todos los días, a que yo les cuente lo que había estado leyendo en la facultad.
Saqué mi celular del bolso y enchufé los auriculares; el micro estaba a dos cuadras de distancia, podía verlo acercándose. Me subí y, luego de pagar por el viaje, comencé a buscar un asiento vacío; no había nada, así que debía viajar parada.
Quince minutos más tarde estaba bajando del colectivo, ya tenía en mente los libros que iba a contarles a mis pequeños lectores; iba a hacer una pequeña recolección de algunos textos que habíamos leído en la facultad y, como hacía siempre, iba a contarles sobre el autor y el contexto. Esos nenes, aunque nadie lo creyese, amaban la historia, eran pequeños lectores que, por las vueltas de la vida, no podían tomarse el tiempo para sentarse a disfrutar de un buen libro; pero sus madres los llevaban todos los días a la biblioteca, era su pequeña rutina y su manera de contribuirles con todo lo que ellos hacían para con su familia.
Me paré en la esquina, tenía que lograr encontrar el atado de cigarrillos que estaba metido en el bolso; cuando lo encontré saqué uno y lo prendí. Estaba a cinco cuadras de la biblioteca y, como no quería llegar fumando, me apoyé en una pared hasta terminar el cigarrillo.
Una vez que lo terminé, continué con mi caminata. Llegué y vi que la mamá de Julieta, una de mis pequeñas lectoras, estaba saliendo por la puerta; eso quería decir que los nenes ya estaban adentro y que, por primera vez, habían llegado antes que yo.
Entré lo más deprisa que pude, no era normal que yo llegase tarde y no quería preocuparlos ni hacerles pensar que no iba a ir; cuando llegué a nuestro habitual rincón ya estaban todos sentados mirando la silla vacía que debería estar ocupando yo. Nicolás me miró y sonrió; era demasiado sencillo hacerlos felices por un momento, pero era mucho más satisfactorio para el alma verlos sonreir cuando simplemente les contaba algo sobre mi vida o los escuchaba cuando me contaban sobre la suya.
- ¡Vi!- gritaron todos al unísono.
- Hola amores- respondí sonriente, la verdad es que no había tenido una muy buena semana, pero esos nenes siempre me hacían sentir tan bien, tan completa, que era imposible no ser feliz con alguno de ellos al lado mío-; ¿Cómo están?
Y así comenzaron a contarme cada uno cómo habían pasados sus días desde la última vez que nos vimos.
- ¿Qué nos vas a leer hoy Violetta?- preguntó Julián; un chico de doce años que era bastante reacio al cariño que yo trataba de brindarle. Nunca lo culpé, tenía una vida complicada y nunca nadie se había acercado a tratar de ayudarlo, era lógico que no confiara en mi.
- Contanos lo que viste en la facultad Vi- dijo Mariana, su hermana menor.
- ¿Lo que vi en la facu?- murmuré mientras pensaba bien en qué cuentos iba a contarles; ya tenía algunos en mente pero, a último momento, cambié de opinión-; tenía pensado contarles algunos libros que leí para la facultad y que no les había contado, pero creo que podemos hacerlo de una forma distinta.
- ¿Cómo?- preguntó Nico.
- ¿Se acuerdan de la primer actividad que hicimos juntos? ¿Cuando leímos muchos libros distintos y los relacionamos?- pregunté y ante el asentimiento de todos proseguí-, bueno creo que podemos hacer algo parecido.
Me levanté de la silla y me senté en el suelo, para poder quedar a la misma altura que ellos; saqué de mi bolso las cosas de la facultad y empecé a revolver entre los papeles hasta hallar lo que estaba buscando. Les di unos libros y, junto a estos, unas hojas.
- ¿Qué es esto?- me preguntó Clari.
- Eso es lo que vamos a ver hoy- respondí-. ¿Alguno puede decirme qué textos son?
- Si vos sabés cuáles son- dijo Mari.
- Si, pero no todos ustedes.
- Son “El conde de...”- comenzó a decir Julián.
-¿De...?- preguntó Federico.
- No sé- respondió Juli.
- Montecristo- dije.
- Ajá- respondió Julián como quien quiere la cosa-. Después está “Oliver Twist”, “La vuelta al mundo en...”
-80- dije.
- “días”- finalizó él-, y “Bola de sebo”.
- Muy bien, ya sabemos qué es lo que vamos a leer- dije mientras me paraba para agarrar mis anteojos del bolso-, ¿Conocen alguno de estos libros?
- Yo...- comenzó a decir Fernanda en un susurro casi inaudible.
- ¿Vos...?- pregunté.
- Yo conozco el de Oliver- respondió ella-; mi papá me lo leyó un día.
- ¿En serio?- preguntó Fermín-; ojalá mi papá me leyera algo.
- Para eso la tenemos Vi- dijo Fer alzando la vista; yo le sonreí inmediatamente mientras le asentía con la cabeza.
- Bueno...- comenzó a decir Julián-, no es lo mismo ella que nuestros papás.
- Julián- lo regañó su hermana, acto que generó muchas risas; no era normal ver a una nena de siete años retando a su hermano de doce.
- Está bien Mari- dije-; tiene razón tu hermano, no es lo mismo lo que haga yo que lo que hacen sus papás. Pero- agregué mientras me volteaba para poder verlo-, tus papás hacen muchas cosas por vos aunque eso no incluya leerte un libro. Y ahora vamos a dejar de pelear y vamos a leer, ¿Les parece?
Todos asintieron; estaban más felices que nunca, y eso me encantó.
- ¿Por qué vamos a leer estos libros?- preguntó un curioso Facundo.
- Porque todos tienen un tema que los relaciona y que es un tema que estamos viendo en los libros hace un tiempo. ¿Se acuerdan cuál es?
- Si- respondió Facu-, la solidaridad.
- Exacto- respondí.
- ¿Nos trajiste para hacer como hacemos siempre?- Preguntó Julián; aunque él no quisiera admitirlo, y fuese reacio a cualquier acto de cariño, le encantaba la historia y leer las biografías de los autores de los libros que leíamos, y le encantaba cuando yo llegaba con todo lo que veía en la facultad porque debía buscar ambas informaciones.
- Porsupus- respondí-; de hecho...- dije mientras buscaba entre los papeles que me habían devuelto los chicos-, acá están.
Se los tendí a Juli, que los inspeccionó minuciosamente; sus ojos se iluminaron, obtuvieron un brillo que sólo aparece cuando vemos algo que nos hace muy feliz. Yo sonreí, me encantaba verle la cara cuando observaba y leía todas esas cosas que tanto le gustaban.
- Está bien- dijo mientras dejaba los papeles a su lado-, ya podemos seguir.
- Gracias por darnos permiso- dijo Facundo.
Todos reímos, las peleas entre esos dos chicos eran lo mejor. Tenían la misma edad y se conocían desde los tres años, además tenían una historia muy parecida y habían vivido todo juntos; eran, prácticamente, hermanos.
- Bueno, vamos a comenzar con...- dije mientras veía los textos- Con “El conde de Montecristo”.
- ¿Vos nos vas a leer la parte de la solidaridad?- me preguntó Emiliana, ella todavía era muy chica y no sabía leer.
- Si- respondí-; acá Alejandro Dumas padre escribe “Si, aquí estoy, soy rico de porvenir y rico un tanto de dinero. Toma, toma padre, y envía al instante por cualquier cosa”
> “Y vació sobre la mesa sus bolsillos, que contenían una docena de monedas de oro, cinco o seis escudos de seis francos cada uno y varias monedas pequeñas”.
- ¿Termina ahí?- preguntó Julieta.
- No amor, pero esa es la parte que elegí leerles- respondí-. Ahora bien, ¿Alguno puede decirme por qué es solidaridad?
- Porque el chico le dio la plata a su padre- respondió Martín.
- Porque a pesar de tener sus necesidades le dio todo a su padre para que pueda seguir viviendo bien- respondió Julian.
- Muy bien- dije-; muy, pero muy, bien. Ahora Juli, ¿querés contarnos sobre el escritor y el contexto?
- Bueno- dijo él con una pequeña sonrisa que aparecía por su rostro-. El contexto es la Revolución Francesa; fue un conflicto social y político donde se enfrentaron los partidarios y los opositores del Antiguo Régimen.
- ¿No dice nada más?- preguntó Facundo.
- Si, pero no lo entiendo- respondió Julián enojado.
- ¿Querés que se los explique yo? Así no tenés que leer del apunte- pregunté.
- Bueno, si- me dijo.
- Como dijo Juli, la revolución francesa fue un conflicto tanto político como social (o sea que se veían involucrados tanto el gobierno como el pueblo, por así decirlo). Esta revolución marca el final de algo que se conoce como “Absolutismo”; por este motivo, cae la monarquía y la burguesía se convierte en la clase dominante.
> Fue bastante complicado llegar al momento en que la monarquía perdió completamente el control y lo ganó la burguesía, pero es lo que permite que hoy no haya reyes sino presidentes.
- ¿Sigo con el autor?- preguntó Julián cuando vio que yo había terminado de explicarles; ante mi asentimiento él prosiguió-. Alejandro Dumas padre: nació en 1802 y murió en 1870; es un autor pro... pro...
- Prolífico- completé yo.
- ¿Y qué es eso?- preguntó Fermín.
- Eso significa que es una persona con una amplia producción; por ejemplo: tragedias, dramas, melodramas y aventuras entre otros.
- Ajá- dijo Juli, creo que ya estaba harto de que lo interrumpamos-; sus novelas más conocidas son “El conde de Montecristo” y “Los tres mosqueteros”.
- Exacto- dije- ¿Algo más que agregar?
- No- respondió él-, seguí con los libros.
- Bien...- murmuré mientras buscaba el siguiente-. Vamos a leer “Oliver Twist”- dije, y así, en ese silencio tan hermoso que siempre me dedicaban mis pequeños lectores, les leí los primeros cuatro capítulos de esa maravillosa historia-. ¿Por qué creen que habla de la solidaridad?
- Y...- empezó a decir Martina-, porque...
- ¿Si Marti?
- Porque a pesar de todo hay gente que todavía se preocupa por los nenes de la calle.
- Yo no sé si es tan así- dijo Facundo-; porque los de la parroquia lo reciben pero cuando ya es un poco más grande, o cuando les pide un poco más de comida, lo quieren echar.
- Pero los de la parroquia fueron los que le dieron comida y cuidados por nueve años- interrumpió Jazmín.
- Pero, ¿de qué sirve que te den comida y cuidado por nueve años? Nadie está listo a los nueve años para salir a trabajar a la calle, en cualquiera de las cosas que hagas- respondió Julián.
- ¿Puedo dar mi opinión chico?- pregunte, no quería interrumpirlos pero me parecía que no estaban pensando claramente. Ante el asentimiento de ambos agregué-. Yo creo que el error es que los de la parroquia se quieran sacar de encima a los nenes o que porque pidió un poco más de comida lo quieran echar; pero no podemos negar que esos nueve años que lo tuvieron y lo cuidaron, sea de la manera que sea, es solidaridad.
- Puede ser- murmuraron Facu y Juli al mismo tiempo.
- Charles Dickens- prosiguió Julián-: nació en 1812 y murió en 1870; es el principal novelista de la era victoriana. Y ahora- dijo mientras me miraba- contanos lo del contexto.
-Bueno- dije mientras agarraba las hojas que él me tendía-. La revolución industrial: es un período que abarca desde mediados del siglo XVIII y principios del siglo XIX; está caracterizado por sus transformaciones socioeconómicas, tecnológicas y culturales. Es este el comienzo del trabajo y la economía basada en la industria y la manufactura.
Todos me miraban con una expresión que indicaba concentración.
- ¿Qué vamos a leer ahora?- preguntó Mari.
- “Bola de sebo”- esto generó muchas risas por parte de los nenes-. Bueno, bueno, no es tan gracioso el nombre- interrumpí y, después de que todos se callaran, les leí el cuento-; ¿Qué aprendemos de esto?
- Que no hay que ayudar a nadie porque todos te cagan- dijo Julián con cierto resentimiento.
- Disculpame Juli, pero acá disiento- dije yo.
- ¿Y vos qué sabes de vivir en la calle?- me escupió él.
- No tiene nada que ver con vivir en la calle Juli- le respondí-; gente buena y mala hay en todo el mundo y en todas las clases sociales. Sé lo que es confiar y ayudar a alguien y que después te cague, pero también sé la hermosa sensación que implica saber que ayudaste a alguien. Y eso es solidaridad, es ayudar sin esperar nada a cambio; es como dice la canción de Fito “Dar es dar, dar y amar”; simple y sencillo, uno da porque es feliz haciéndolo no porque espera algo del otro.
- ¿Y por qué no se puede esperar algo del otro?- preguntó Facundo.
- Porque la solidaridad es desinteresada. Porque uno tiene que dar por el simple placer de ver la sonrisa que se dibuja en el rostro del que ayudaste; porque uno tiene que dar porque es feliz dando, no porque espera que el otro le de también. Esa es, en mi opinión, la base de la solidaridad.
- ¿Y por qué crees eso?- preguntó Clara.
- Porque lo veo a diario, porque lo siento cada vez que estoy acá Clari. Yo no vengo acá a leerles esperando que ustedes me den algo; yo vengo porque me llena el alma verlos sonreír, verlos felices de que alguien se preocupe por ustedes. Vengo porque me gusta más verlos sonreír, no me importa si ustedes me devuelven o no lo que yo les doy.
- Mirá vos- dijo Juli-, alguien que se preocupa por nosotros. ¿Podemos seguir?
- Porsupus- respondí.
- Bien. El hombre este- comenzó a decir.
- Guy de Maupassant- interrumpí.
- Ese- continuó sin darle mucha importancia a mi comentario- nació en 1850 y murió en 1893; es más conocido por sus historias de terror, que lo posicionan a la altura de Poe, y escribió bajo muchos seudónimos. Sufrió de muchos problemas de salud que llevaron a varios intentos de suicidio y, por eso, lo terminan internando en una clínica; un año después muere.
- ¡Linda vida la del hombre!- ironizó Mariano, un chico de unos trece años.
- Ahora vos nos contás el contexto- dijo Julián sin darle importancia al comentario de Marian; no se llevaban bien y, de hecho, soportaban por poco estar sentados en la misma habitación.
- Bueno- dije tratando de evitar más conflictos; el aire se cortaba con un cuchillo oxidado y había que tratar de bajar la tensión que se apoderaba del espacio-. El contexto es la guerra franco-prusiana; es una guerra que comienza en 1870 y termina en 1871 y es un conflicto entre Francia y el Reino de Prusia.
> Es una guerra que marca el último momento de la unificación alemana bajo el reinado de Guillermo I de Prusia; la caída de Napoléon III; la caída de la monarquía en Francia y el fin del segundo imperio francés, que fue sustituido por la Tercera República francesa.
- Nos queda un solo libro, ¿No?- preguntó Martina.
- Si- respondí- nos queda “La vuelta al mundo en 80 días”- agregué y comencé a contarles el capítulo que yo creía que hablaba más sobre la solidaridad; este capítulo hablaba sobre un rescate que hacían los personajes principales a una chica que la iban a sacrificar.
- ¡Es muy tierno!- dijo Mariana-. Y además es re solidario, arriesgan su vida para salvar la de ella.
- Exacto- respondí mientras miraba el reloj-; bueno peques debemos apurarnos porque ya los van a venir a buscar. El contexto es la segunda revolución industrial, que sucede en Inglaterra; el capital estaba concentrado en pocas manos y las clases sociales estaban muy diferenciadas. Se generan muchos cambios tecnológicos en esta época; pero las clases sociales más bajas seguían bajo condiciones malas, no sólo sociales sino también laborales.
- Es como siguen las cosas ahora- murmuró Julián, sólo yo lo escuché; y después agregó-. El autor es Julio verne, nació en 1828 y murió en 1905; se dedicó a escribir sobre ciencia ficción y aventuras y, con sus obras, predijo muchos avances tecnológicos como el submarino y el viaje a la luna.
- Vi- dijo una de las bibliotecarias interrumpiendo nuestra charla- ya llegaron las mamás a buscarlos.
- Bueno Juli, nos despedimos y vamos para allá- dije antes de volver la vista a los nenes-; amores, deben irse. Fue muy lindo volver a verlos.
- A vos también Vi- dijo Mariana.
- Los veo en tres días peques.

Y así, con un suave abrazo de cada uno, terminó otro día en la biblioteca.

Un futuro... ¿mejor?

Salí de mi departamento y me subí al ascensor que me esperaba con las puertas abiertas. Creo que soy una de las pocas personas que todavía recuerda lo que había antes, que todavía que recuerda todo lo que pasaba antes de que la guerra estallara.
-          Al centro, frente a la plaza central-respondí automáticamente. Todo el viaje pasó en completo silencio, mi mente estaba muy lejos de ese lugar. Todavía recordaba todo lo que había ocurrido antes de la guerra y cómo había cambiado todo-. Gracias-murmuré mientras bajaba del ascensor.
Observé todo a mi alrededor, nada era igual, la tecnología había avanzado a tal punto que ya no era necesario caminar, si vivías en una casa tenías tubos trasladores al lado de tu puerta. Los pocos que caminaban lo hacían vestidos totalmente de negro, eran los que vivían tras el muro y entraban en la ciudad únicamente para realizar los trabajos que nadie quería realizar. Si los hubiese visto años atrás, mientras estaba sentada en una mesa del café con mis amigas, los hubiésemos comparado con códigos de barra. Todas las paredes eran blancas y ellos no hacían otra cosa que camina hasta llegar al punto al que debían ir.
Sentado en el borde de la fuente se encontraba mi novio que me esperaba mientras leía el diario. Me acerqué a él y, sin decir nada, le saqué el diario de las manos, sabía que a él le molestaba pero lo hacía porque era muy graciosa la manera en que se enojaba, sólo cuando se daba cuenta que era yo me sonreía.
-          ¡Será posible que estos negros siempre quieran aprovecharse de…- sus palabras quedaron en el aire mientras me miraba con cara de desconcierto. Lo estaba perdiendo, Will era uno de los pocos que se había dado cuenta de la manera en que los gobernantes trataban a los que estaban tras el muro. Y, ahora, desde que había ascendido, estaba completamente de acuerdo con lo que hacía el gobierno. Aunque, de a ratos, recordaba lo que pasaba y volvía a ser el mismo del que yo me había enamorado años atrás-. Yo… Ehh…- balbuceó- No era lo que quería decir… Yo…
-          Está bien William- murmuré enojada, aunque en realidad no sabía con quién. Me enfurecía con todos, pero mayormente con los del otro lado del muro por no hacer nada para cambiar las cosas.
Observé la fuente, su simple presencia ya me molestaba. En el pilar más alto había un hombre de traje con sombrero y maletín. A su lado, en un pilar más bajo, había una mujer con vestido. Lo que más me enfurecía eran las figuras que estaban abajo. A los pies de ambos había dos personas, un hombre y una mujer, vestidos totalmente de negro, que les besaban los pies.
Logramos llegar a la puerta del Ministerio, pero antes de entrar sentí dos brazos rodearme la cintura y empujarme para hacerme entrar en una camioneta. Me vendaron los ojos y sentí el auto comenzar a andar bajo mis pies. Sólo cuando llegamos, y me bajaron, me sacaron la venda. Estábamos del otro lado del muro, eso lo supe sin necesidad de que me dijeran nada. Lo único que me extrañó fue que me dijeran que ellos eran como yo, que recordaban todo lo que pasaba antes de la guerra y que, como yo estaba de un lado y ellos del otro lado del muro, necesitaban mi ayuda.
Comenzamos a caminar hasta llegar a una cabaña, en la puerta había un cartel que rezaba: “Cuando más brilla el mundo de las mercancías y de los valores del Mercado, menos vale y menos importa el Ser humano. El Che”. Eran carteles de lucha, de revolución. Eran carteles que denotaban un cambio futuro, un cambio para mejorar la vida de todos. Eran carteles de aliento.

Arte...

1.      Desde siempre, el arte sirvió como método para poder entender su contexto socio histórico; indiscutiblemente, cada artista logra representar una faceta del momento en que vivió.
Es desde los diseños audiovisuales, escritos, audios, visuales, etc. que el ser humano logra terminar de comprender qué ocurre o qué ocurrió en un momento determinado. Es el arte, desde sus distintos estilos, el que termina de englobar cada uno de los sucesos ocurridos en un lugar y un momento particular.
Y es desde este mismo que la sociedad es, se comunica, se une y se separa.
Los movimientos artísticos, las distintas vanguardias, los modos de ser de cada artista modifican a la sociedad, rompen estructuras, marcan momentos, estilos, formas.
El arte es, en sí, la mayor forma de comunicación del ser humano; gracias a éste la sociedad se entiende sin importar idioma, raza, religión o lugar de procedencia. Y es por este motivo que no está, y no puede estar, aislado de su contexto social.
En su obra, el autor marca a fuego sus ideas, pensamientos, estilos; marca un momento, deja una impronta… su impronta.
El arte atraviesa todas las líneas de la vida, marca a las personas, las une y las separa. Sin importar el momento, cada suceso de la humanidad se vio acompañado por un movimiento artístico característico. Hablar de The Beatles es hablar de los 60’ y los 70’; hablar de Sui Generis y de Seru Giran es hablar de la última dictadura militar; hablar del Pop Art es hablar de los 50’; y así podríamos continuar nombrando miles de vanguardias artísticas que marcaron a fuego un momento determinado.

domingo, 15 de septiembre de 2013

I'll be okay

Miré hacia un costado pero no vi nadie llegar; hacía rato que estaba ahí sentada, esperando que alguien me viese por fin y me ayudase. Había habido algunos que se sentaron allí conmigo, me hicieron reír aliviando la espera o, incluso, intentaron ayudarme a caminar, pero nada de eso sirvió.
Bajé la vista, junto a mis pies estaba aquella mochila que venía trayendo sobre mí, cansada la había dejado ahí y no había vuelto a tocarla. La miré atentamente, traía tantas cosas que ya ni sabía qué había ahí.
Me senté en el suelo y la abrí, saqué cada una de las cosas y las acomodé prolijamente. Ya llevaba mucho tiempo quieta y necesitaba volver a caminar, necesitaba seguir andando. Revisé cada una de las cosas y decidí que había llegado el momento de desprenderme de algunas de ellas, ya no me servían en mi camino y simplemente hacían peso sobre mi espalda.
Fotos, cuadernos, cartas... cosas de mi pasado. ¿Para qué me servían ahora? Ya no era esa misma chica, había cambiado, y esas cosas sólo lastimaban y cansaban mi espalda a cada paso que daba. Estaba decidida, no podía seguir cargando con todo eso, los recuerdos siempre iban a ser gratos, pero ya no podía seguir viviendo en ese pasado que me hacía feliz, tenía que encontrar el presente que me hiciese feliz. Apilé cada una de las cosas que estaba decidia a dejar en el asiento, luego las revisaría otra vez, y el resto volví a acomodarlo en la mochila.
Me sorprendió ver la cantidad de cosas que había decidido dejar alí abandonadas, a la espera de alguien que quisiera verlas como viejas historias de un caminante anterior. Una lágrima rodó por mi mejilla pero no era tristeza; me sentía liviana, más libre. No supe bien el por qué, pero esa decisión era la correcta... no era dejar el pasado atrás, era simplemente no vivir en él más.
Agarré mi mochila y me la colgué del hombro. Inhalé varias bocanadas de aire, un nuevo aire que me hacía sentir feliz, un nuevo aire que me llenaba de esperanzas. Tomé el camino más largo y comencé a caminar, alejándome de todas esas cosas que había dejado olvidadas en aquel asiento, todas esas cosas que había dejado perdidas en el tiempo. Una sonrisa se formó en mi rostro, ¿a dónde iba? no lo sabía, pero esta vez no estaba sola... esta vez estaba decidida a dejar de sonreír falsamente y comenzar a hacerlo de verdad.
Me detuve y miré hacia atrás una vez más, realmente ya no era la chica que había dejado en ese asiento y me encantaba saber que esta vez sí iba a estar bien.

lunes, 19 de agosto de 2013

¿Pasado, presente o futuro?

Desde que nacemos nos enseñan que uno tiene que estudiar para poder conseguir un buen trabajo en el futuro, que uno tiene que recordar siempre lo que hizo y cuidarse con lo que hace porque en el futuro nos podemos arrepentir... ¿Y si no tenemos futuro?, ¿Si mañana nos pisa un micro o un auto?, ¿Si mientras dormimos nos agarra un paro cardíaco?... ¿Qué pasa cuando te sentás a pensar esas cosas? ¿Qué pasa cuando te das cuenta que no importa cuántas cosas hagas hoy para ser mejor en el futuro, quizá mañana no lo disfrutes?
Ahí es donde yo me pongo a analizar ¿No sería mejor vivir el día a día sin preocuparnos por lo que pueda llegar a pasar mañana? No quedarnos en el pasado, no vivir en el futuro, vivir hoy. Vivir el presente con todo lo que ello conlleva, arriesgar sabiendo que las cosas nos pueden salir bien o mal pero ser felices al fin y al cabo o seguir pensando en qué va a pasar mañana y no disfrutar el hoy. Difícil decisión para algunos pero creo que la más acertada es vivir el hoy.
Vaya uno a saber por qué pero vivimos como zombies atravesados por una línea invisible que nos condiciona querer mantener las cosas como son, que nada cambie; y, además, nos condiciona a querer siempre vivir hoy para el futuro.
Pasamos por la vida casi corriendo para llegar más rápido a hacer todas nuestras obligaciones y así poder tener más en vez de hacer lo que realmente nos gusta y nos llena el alma. Vivimos constantemente pensando en lo que va a pasar, en cómo va a actuar alguien, en cómo vamos a actuar, en el qué dirán; en vez de pensar en lo que nos hace felices hoy, sin importar mañana. Vivimos queriendo aprender para ser mejores mañana pero no nos sentamos a pensar que tenemos que ser mejores hoy.
El pasado ya pasó, ya está; lo que no hicimos no podemos hacerlo ahora, lo que no disfrutamos no podemos disfrutarlo ahora, lo que no lloramos no podemos llorarlo ahora. Lo único que podemos hacer con el pasado es aprender de él, observar qué errores cometimos para chocarnos con la pared y cambiarlos, y así rezar por no chocarnos de nuevo contra la pared.
El futuro es aquello que nos espera al día siguiente, es lo que anhelamos, lo que soñamos, lo que queremos ser, lo que queremos lograr, son nuestros deseos más profundos de lograr nuestro objetivo; Pero es eso... deseos. El futuro es lo que anhelamos, pero no sabemos qué va a pasar mañana y, por ende, no podemos vivir pendientes de él.
El presente es todo lo que fuimos, somos y queremos ser; es todo lo que queremos arriesgar para ser felices; es todo lo que reímos y todo lo que lloramos; es todo lo que decimos y todo lo que callamos; es todo lo que, en algún momento, se va a transformar en pasado y también es todo lo que en un pasado fue futuro. Pero es todo lo que tenemos que vivir para poder construir nuestro futuro. El presente es eso: es todo lo que hacemos para que los demás nos recuerden, es todo lo que hacemos para sentirnos orgullosos de nuestras decisiones, es todo lo que hacemos para sentir llena el alma.
Entonces me pregunto yo, si el presente es tan importante ¿Por qué seguimos insistiendo en vivir en el futuro? ¿Por qué seguimos pensando en lo que va a pasar mañana sin disfrutar lo que tenemos hoy?
Puede que esté errada o sea la única loca que lo piensa pero creo que deberíamos replantearnos ciertas cosas a la hora de ver la vida, porque viviendo en el futuro nos olvidamos del presente y, así, no vivimos ni el futuro ni el presente, no disfrutamos ninguno de los dos. Además si vivimos pendientes del futuro se nos va a pasar la vida más rápido.
Vamos por la vida como en un frasco, siempre pendientes de lo que va a pasar mañana y nos olvidamos de interactuar con aquellas personas que pasan hoy por nuestras vidas, nos olvidamos de vivir y disfrutar lo que la vida nos está dando.
Si vivimos en nuestro mundo, en nuestro frasco esto es lo que pasa... Vemos pasar a vida por delante de nuestros ojos, no somos más que meros espectadores de nuestra vida, no actuamos, no interactuamos.
Vivamos, lloremos, riamos, cantemos, bailemos, salgamos de ese frasco que tanto nos ofusca la mirada.

Triunfos y derrotas

Anteriormente escribí sobre como la sociedad tilda de fracasados a las personas que no se casaron a los 40 años, pero no profundicé ese tema porque no era sobre el que me había mentalizado a escribir hasta que una amiga decidió que ese era un tema que quería que yo profundizara. Así que acá estamos... Profundizando.
"Yo no sé si es porque las cosas se fueron desvirtuando, pero actualmente está impuesto en la sociedad que si a los 40 años no te casaste, no te enamoraste, no encontraste a esa persona que todos llaman "el amor verdadero", "el príncipe azul", no triunfaste en la vida. Que cosa rara... Decir que porque no hallaste al amor de tu vida  sos un fracasado. ¿No estamos siendo muy tajantes? ¿No estamos condenando a muchas personas que por X o por Y motivo a los 40 están solteros?" (NdE: puede leerse en "all you need is... ¿Love?") 
Lo más probable es que me haya equivocado al escribir el comienzo de ese párrafo. Las cosas no se fueron desvirtuando con el tiempo, la sociedad siempre fue así; siempre existieron esa clase de prejuicios. Hablando históricamente la sociedad se ve llena de prejuicios que, a lo largo de los años, se fueron modificando; pero en el tema del amor siempre existieron los mismos prejuicios "Si estas en pareja son un triunfador, si estas soltero son un perdedor... Quiero decir un derrotado".
Si nos remontamos en la historia, muchos años atrás, el mayor logro de la mujer era poder casarse, si no se casaba era una solterona... Había fracasado en la vida. Si viajamos un poco más adelante en la historia llegamos a los años 50' y con ellos el famoso "Sueño americano" otra completa farsa para decir que el rol de la mujer y el hombre en la sociedad no era el mismo pero que ambos tenían un mismo rol para cumplir... Sentar cabeza, casarse, encontrar al "amor de su vida". Hecho que se ve claramente reflejado en la película de Julia Roberts "La sonrisa de la mona lisa". Y, por último, llegamos a la actualidad... Uno creería que estando en pleno siglo XXI esos prejuicios ya no seguirían funcionando. Pero no, nuestra vida se ve completamente atravesada por una línea invisible que nos define como Ganadores o Perdedores, la línea del "amor". No importa si triunfaste en tu trabajo, no importa la cantidad de títulos que tengas, no importa el promedio con el que te recibiste de la secundaria o de la facultad, no importa si sos feliz con tu trabajo, no importa si tenes amigos. Lo importante, para saber que clase de personas sos (triunfador o perdedor), es saber si a los 40 años estas soltero o estas en pareja (sos más triunfador si estas casado). Entonces, ya no importa cómo se sienta uno porque la sociedad tiene una visión que ya nos hace saber que somos fracasados. En pleno siglo XXI existen las famosas "Tía solteronas de 40 años" y por ahí esa tía solterona es una feliz abogada que vive para y por su trabajo porque lo ama, pero no importa sigue siendo solterona, y en esta realidad ser solterona es igual a ser fracasado. Ni siquiera importa la clase de pareja que tengas... Porque esas cosas se arreglan con las puertas cerradas. Lo que importa es que tenes una pareja y que, a simple vista, son felices. Lo demás... Bueno, simplemente no importa.
Ahora, por ahí soy la única loca que lo piensa, pero tantos años de generaciones luchando por los "derechos" las futuras generaciones, tanta gente que lucho para... No se... Por ejemplo, que las mujeres puedan trabajar, puedan estudiar, puedan triunfar en el mundo laboral, etc. Todas esas batallas ganadas para que ahora se sigan tomando como punto de base para el triunfo el amor. Y esta todo bien con el amor pero no creo que sea parámetro para definir si una persona triunfó o no en la vida. Porque los triunfos o las perdidas son completamente subjetivas. Varían según la persona que las ve. Para algunas personas el hecho de que alguien decida quedarse en su casa a cuidar a sus hijos es de fracasado... Para otros no.
Y es ahí donde yo me pregunto, si es todo tan subjetivo ¿Por qué toda la sociedad, o gran parte, juzga a una persona por estar soltera? No damos permiso a la réplica, a la discusión. Ya está impuesto, junto a otros miles de prejuicios, que si a los 40 años estas soltero sos un fracasado.
Y, suena muy gracioso, pero estamos manejados cual máquinas. Nos crían bajo las promesas del amor de nuestras vidas, que vamos a ser más felices si estamos en pareja, que si no te casas no triunfas y un gran Bla Bla Bla que nosotros nos comemos, lo adoptamos, lo hacemos nuestro. A lo largo de nuestra vida criticamos esa teoría de "los triunfos o los fracaso" basados en el amor; pero en el preciso instante en que decimos "si, acepto" todo cambia; adoptamos esa teoría como nuestra, la hacemos nuestra (prácticamente) "teoría de vida", nos ponemos la camiseta del color de esa teoría y salimos a refregarle al mundo (con cara de triunfantes, claro está) como salimos victoriosos; pero lo peor de todo es que la gente acepta esa teoría. Aceptamos firmemente que nos refrieguen permanentemente como nosotros somos los fracasados y ellos los triunfadores; y así luchamos toda nuestra existencia por encontrar ese alguien, que tenga ese algo, que nos lleve al altar y podamos decir "si, acepto" para poder refregarle a otra persona lo triunfadores que somos.

Me resulta bastante paradójico que lo importante en la vida sea si te casas o no. Somos una sociedad completamente avanzada en las tecnologías, en los armamentos. Pero seguimos siendo una sociedad que mantiene esos prejuicios que se tenían hace años.

All you need is... ¿Love?

Todo lo que necesitamos es amor, dijeron los Beatles. Yo, por mi parte, creo fervientemente que tienen razón; que para lograr tener un mundo mejor hay dos cosas fundamentales que nos faltan: Amor y Respeto. Amor y respeto hacia uno mismo, hacia el otro y hacia la naturaleza.
Pero... ¿Qué es esa cosa a la que denominamos... Amor? ¿Cómo se la logra definir? 
En mi opinión para definir eso que sentimos y que denominamos amor, primero tenemos que rever de qué clase de amor estamos hablando. A qué nos referimos cuando hablamos de "Amor".
Yo, personalmente, amor leer un libro, ver un atardecer, ver una buena película e, incluso, amo a mis amigos y a mi familia. Entonces ahí podemos deducir, brevemente, qué podríamos definir por amor. "Amor son esas cosas, ya sean pequeñas o grandes, que nos hacen felices, que nos ponen bien, que nos alegran el día, que nos llenan el alma"
Ahora bien, cuando hablamos de "Amor" generalmente nos referimos a ese sentimiento que tienen que sentir una persona por otra, que tiene que ser recíproco porque sino no es llamado amor, que tienen que estar juntos, casarse y amarse para toda la vida.
Yo no sé si es porque las cosas se fueron desvirtuando, pero actualmente está impuesto en la sociedad que si a los 40 años no te casaste, no te enamoraste, no encontraste a esa persona que todos llaman "el amor verdadero", "el príncipe azul", no triunfaste en la vida. Que cosa rara... Decir que porque no hallaste al amor de tu vida  sos un fracasado. ¿No estamos siendo muy tajantes? ¿No estamos condenando a muchas personas que por X o por Y motivo a los 40 están solteros?
Además es algo completamente discutible. ¿Cómo somos capaces de decir que esa persona a la que amamos es el amor de nuestra vida? ¿Cómo hacemos para decirle que lo amamos para siempre?
En mi opinión eso es algo completamente errado porque las cosas cambian a lo largo de la vida. Lo que uno es hoy no es lo mismo que fue ayer y no es lo mismo que será mañana.
Toda nuestra vida está rodeada de cambios. En primavera los árboles tienen hojas y en otoño las pierden, las flores florecen y en otoño se marchitan; con mucha agua se ahogan con poca se secan.  Incluso nuestra biología misma cambia con el tiempo: cuando somos jóvenes crecemos y cuando somos viejos nos encojemos, se nos oscurece el pelo (hasta volverse canoso), engordamos, adelgazamos, nos cambian los ojos de color, etc. Un gran y largo etcétera.
Y no cambiamos solo físicamente (es decir biológicamente), cada cosa que nos pasa nos modifica. Cada persona con la que hablamos, nuestros triunfos, nuestras derrotas, los libros que leemos, las películas que vemos, las noticias que leemos, nuestra familia, nuestros amigos, las discusiones que tenemos, los debates, las cosas que aprendemos en la escuela... Todo nos lleva al cambio. Cada cosa que vemos, oímos, decimos y sentimos nos inciden al cambio. Todo es un condicionante para el cambio. Nosotros mismos nos condicionamos al cambio. Día a día cambiamos; y, aunque no nos demos cuenta hasta que lo vemos en la distancia del tiempo, no somos las mismas personas que éramos ayer, porque lo que ocurrió nos hizo cambiar.
Decimos "Esto yo no lo voy a cambiar porque es lo que soy" pero cuando alguien nos dice que le molesta, inconscientemente nos inducimos un cambio... Lento, quizá lo hacemos tan inconscientemente que no nos damos cuenta, pero es un cambio al fin y al cabo.
Y es ahí donde yo me pregunto ¿Si toda nuestra vida va cambiando constantemente cómo podemos decir que algo es eterno? ¿Si todas las cosas que nos pasan inciden, directa o indirectamente, y nos empujan al cambio cómo podemos decir que nuestro amor por alguien es para toda la vida?
 
Yo creo que es la salida fácil que le decimos a alguien para no darle a entender que en algún momento nuestro amor se pueda llegar a acabar. Pero, si todo en nosotros cambia constantemente, creo yo que es lógico que nuestros sentimientos también lo hagan y, con ellos, también cambia el amor que sentimos hacia alguien. Porque decirle a alguien que nuestro amor por el es eterno es decirle que nosotros aislamos ese sentimiento de nosotros y lo congelamos para que sea para toda la vida igual. Cosa que es completamente absurdo decir porque si cada cosa que pasa nos modifica, no podemos decir que algo que nos influye tan directamente (como es un sentimiento completamente nuestro) no se va a ver modificado nunca.
Desde el vamos, ya estamos partiendo de una ideal erróneo. Porque decimos que nuestro amor hacia alguien es igual y eso es una completa falacia. Nadie ama a la otra persona igual que lo hizo antes, porque eso a lo que llamamos amor es un sentimiento que se va construyendo día a día; y admitir que ese sentimiento se modifica día a día es admitir, también, que cualquier factor (tanto externo como interno) puede modificarlo tanto para bien como para mal.
Entonces, concluyendo, en mi opinión, esta frase tan usada es una simple escapatoria (una muy simple) ante una pregunta que no sabemos responder. Porque salvo que alguien tenga la bola mágica, lea las tazas de té (o café, en su defecto), tire las cartas del tarot o sea Trelawney nadie puede adivinar el futuro. Entonces nadie puede saber qué va a pasar mañana, ni tampoco sabe qué es lo que va a sentir; y, en vez de decir algo que si es completamente cierto como "Yo... Te amo hoy", decimos "Te amo para toda la vida" cuando eso es algo que no sabemos y, deduzco yo, nunca podremos saber.

domingo, 18 de agosto de 2013

Tori

La castaña se sentó en la cama, un café sobre la mesa de luz y las fotocopias que debía leer a su lado; tomó la primera y la miró, no sabía de qué se trataba pero se quedó observando la poco pulcra letra de su amiga. “S.T. siempre al rescate”le había escrito la clase anterior de Matemáticas, clase en la que ninguna de las dos entendía cómo era que debían hacer las cosas.
Se sentó en la cama y tomó una de las fotos colgadas en el corcho. No tenía muchas ganas de ponerse a hacer ejercicios y, en realidad, su mente vagaba trayéndole distintos recuerdos. Miró la fotografía por un momento, todavía recordaba esa escena como si hubiese ocurrido el día anterior.
La pelirroja, cansada de esperar a su amiga en la puerta de la residencia Elizabeth I, decidió ir a buscar a la castaña al edificio Newton, lugar en el que Sofía padecía sus clases particulares con el profesor de Matemáticas. Llevaba dos vasos de café y aguardaba, recargada en la pared, la salida de su amiga.
A las seis en punto la puerta se abrió y Victoria pudo ver a la castaña salir del edificio acompañada del profesor Saller, bajaron los escalones juntos y separaron sus caminos.
-¿Y?- preguntó la pelirroja. Sofía parecía mareada, no paraba de rascarse la cabeza y refregarse los ojos.
-No me entra más conocimiento, Face- respondió recargándose junto a su amiga y tomando el café que ella le tendía-, te juro que tengo la cabeza absolutamente quemada.
-Bueno, quizá lo que veas ahora te cambie un poco el panorama- dijo Tori al ver pasar caminando a Victorio, Alejandro y Adrián, sus profesores de literatura, filosofía y química respectivamente.
-Hola, sí… poder venir a enseñarme a leer cuando quieras- murmuró Sofía. Ambas se miraron de reojo y largaron una carcajada. Se conocían lo suficientemente bien como para saber que mirar a un chico implicaba alguno de esos comentarios, pero no podían evitar la risa cuando la otra los hacía.
Victoria se acomodó el pelo automáticamente; para la castaña ese no era un problema, llevaba su boina perfectamente acomodada y los mechones de pelo caían lacios y bucleados sobre sus hombros.
El ruido de la lluvia hizo a Sofía volver a la realidad, en algún momento de toda esa escena había aparecido su prima para sacarles esa fotografía. En realidad, y si la sacaban del contexto, lo que se veía no era más que dos amigas recargadas sobre una pared, charlando y riendo. Pero para ellas, que sabían quiénes estaban del otro lado de la cámara, en realidad no significaba sólo eso.
Se volvió a recostar en la cama, estaban a pocos días del invierno y eso significaba que ya se acercaba la fecha en la que se cumplirían doce años de conocer a su explosiva amiga. Intentó recordar cómo había llegado la pelirroja a su vida, en qué momento dejó de ser simplemente la vecina de sus tíos y comenzó a ser su amiga, pero no lograba recordarlo… quizá había pasado muy rápido, no lo sabía, pero simplemente no se imaginaba su vida sin esa chica.
Inconscientemente comenzó a pensar en todo lo que significaba para ella. La pelirroja, su aliada… la había lastimado tanto y, sin embargo, ella seguía ahí, al pie del cañón, lista para cuando su castaña amiga la necesitara.
Tori era la hermana que Sofía nunca había tenido, y simplemente eso podía responder cada vez que le preguntaban por qué esa chica que, a simple vista, parecía tan arisca y mala era tan importante para ella. No lograba imaginar un día sin su pelirroja, sin sus mensajes a cualquier horario y diciendo cualquier tipo de cosa.
Se habían peleado miles de veces pero se habían arreglado siempre, sin importar el tipo de pelea que hubiesen tenido. Y, a pesar de cualquier adversidad que hubiesen pasado, siempre supieron que en la otra podían encontrar un puerto al que volver cada vez que necesitaran tocar tierra conocida.
Tori era una bomba a punto de estallar en cualquier momento, pero siempre estaba dispuesta a prestarle su oído a la castaña. Siempre estuvo ahí para ella, en todo momento, en cualquier circunstancia. Y, ante todas las cosas, siempre estuvo dispuesta a defenderla ante cualquier persona que quisiera lastimarla.
No eran demostrativas pero, a su manera, lograban expresar el amor que se sentían. En su forma, medio agresiva medio tierna, ciclotímica y a las puteadas, ambas sabían que en la otra habían encontrado una hermana con la que contar siempre y, por sobre todas las cosas, fiel. Porque ese era uno de los rasgos más importantes que la castaña rescataba de su amistad con la pelirroja, sin importar nada siempre le fue fiel.
 Victoria era, principalmente, esa chica que la acompañaba a volar pero que, también, la ayudaba a recordar el terreno por el que caminaba. No recordaba la última vez que habían logrado mantener una conversación seria. Pero, ¿para qué quería tener una conversación seria cuando podía tener mil y una conversaciones extrañas que empezaban en un punto y terminaban en otro totalmente distinto?
Su amistad con la pelirroja era eso, siempre a las puteadas y a las piñas, pero se conocían lo suficiente como para saber qué decir y cuándo decirlo. No había pensamiento que cruzara la mente de la castaña que no fuese, automáticamente, escrito en un mensaje y enviado a su amiga. No había secretos entre ellas porque, aunque intentaran guardar algo, no lograban mantenerlo escondido por más de dos segundos; simplemente se conocían tanto que lograban saber cuándo la otra quería decir algo o estaba ocultando algo, incluso podían saber cuándo era un secreto o cuándo era una situación que, en realidad, la angustiaba y por eso lo escondía.
Sabían qué decir y qué no para lastimar o hacer sentir mejor a su amiga; sabían cuál era el momento indicado para hablar y en cuál debían permanecer calladas y dejar actuar a la otra; incluso sabían cómo actuar para demostrarle que estaba errando pero sin decir una palabra.
Los consejos de la pelirroja siempre eran los mejores porque, principalmente, nadie entendía y conocía a la castaña como lo hacía esa chica. Conocía sus sentimientos, sus modos, sus actos; sabía cuándo era temor lo que paralizaba a su amiga o cuándo actuaba acorde a su modo de ser. Conocía cada recóndito rincón de la mente y del corazón de la castaña y era, por eso, que podía aconsejarla mejor que nadie. La conocía tanto que incluso sus consejos sobre el amor eran los mejores, no había como la pelirroja para entender todos los problemas de Sofía con ese tema y para hacerla entrar en razón hablándole desde ese punto.
Sus padres nunca le habían dado una hermana, pero la vida se había encargado de presentarle a la castaña una, quien, en su opinión, era la mejor que podía haberle tocado. Las diferenciaban centenares de rasgos, físicos y mentales, pero su unión era más fuerte, iba más allá de esas diferencias. Porque, principalmente, las unían miles de otras cosas: su pasión por la música; su amor a Ska-p, esa banda que las había unido cada día más; sus libros, conocidos o desconocidos, pero que ambas disfrutaban tanto juntas como separadas; su pasión por la escritura, pasión que las unía siempre que podía; sus miles de mensajes de texto que siempre terminaban en canciones; las películas, series y dibujos animados; sus profundas ganas de ir, siempre, al cine; su pasión por el fútbol, tanto para jugarlo como para verlo. Pero también las unían miles de sus formas de ser: su manera de rechazar todo aquello que rozara lo cursi y extremadamente romántico; su manera de vivir a las puteadas y mandando a la mierda a la gente; no dejarse pasar por encima, no dejarse atropellar por nadie.
Sofía sabía que ambas tenían motivos para mandarse a la mierda y cortar con esa amistad, pero simplemente no podía concebir su vida sin esa chica. Amaba con todo su corazón a su pelirroja amiga, era capaz de hacer cualquier cosa por ella y trataba de demostrárselo cada vez que podía. Pero, por sobre todas las cosas, admiraba profundamente a esa chica; su capacidad de ser fuerte siempre, sin importar la circunstancia que la rodeara; su modo de encontrar luz en plena oscuridad; su forma de ser, de no dejarse pasar por encima por nadie, nunca; su modo de hacer siempre todo a su forma, incluso en los momentos en los que no debía o no podía hacerlo así. Y, principalmente, lo que más amaba de su pelirroja amiga era que siempre, ante todas las cosas, se había encargado de enseñarle a la castaña a ser mejor persona todos los días.