miércoles, 9 de octubre de 2013

Días de biblioteca

Era un típico día primaveral; el sol alumbraba cada lugar de la plaza, el viento soplaba suavemente y mis cabellos se movían a su merced. Mis amigos charlaban sobre temas sin relevancia cuando la alarma de mi celular sonó, ya eran las tres de la tarde y debía irme.
- Bueno amores de mi vida- dije mientras me levantaba y agarraba mi bolso-; el deber me llama, así que yo me retiro.
- ¿Ya te vas?- preguntó Emi, mi mejor amiga.
- Si querida, tengo que ir a la biblioteca.
- La verdad es que no entiendo para qué haces eso- dijo Mari mientras agarraba el paquete de galletitas, los demás chicos, a excepción de Emi y Santi, asintieron, dándole la razón.
- Lo hago- respondí enojada, ya estaba cansada de que todos me dijeran lo mismo-, porque es una buena causa y porque creo que es una buena forma de contribuir a la sociedad. Si pudieras tomarte una hora de tu vida por día podrías ver la emoción con la que te reciben los nenes cuando vas a verlos.
- Yo tengo una vida complicada Violetta, no tengo tiempo para andar perdiendo.
- No es perder tiempo María, es poder darle a los nenes algo más que la mierda que ven día a día, es darles esperanzas. Vos no sabés lo que se siente, pero es hermoso ver la sonrisa en sus rostros mientras vos, tomándote sólo una hora, vas a contarles el libro que leíste; siquiera tenés que leerselos simplemente con tu simple presencia ya se sienten mejor.
Luego de decir eso me encaminé hasta la parada del colectivo; tenía media hora para llegar hasta la biblioteca y el micro tardaba quince así que podía tomarme unos minutos para fumar un cigarrillo tranquila y pensar en qué libro iba a contarles; siempre querían que les cuente más de uno y tenía que estar lista para el batallón de nenes sentados frente a mi, sonriendo y esperando que empezara el relato.
La rutina era siempre la misma: a las tres y media llegaban los nenes y estábamos más de media hora hasta que se sentaban y me contaban cómo había sido su día y, a veces, su semana; me encantaba ver que, por un rato, ellos sonreían y podían disfrutar de su niñez. Pero era muy fuerte verlos a diario trabajando o pidiendo monedas en la calle para poder ayudar a sus papás. Yo intentaba ayudarlos lo máximo posible, les daba comida, ropa y, también, algo de plata; pero nunca fue lo mismo ver sus caras de felicidad y, al día siguiente, ver su cara cuando andaban por las calles. Generalmente para las cuatro de la tarde podíamos sentarnos a leer o, como pasaba casi todos los días, a que yo les cuente lo que había estado leyendo en la facultad.
Saqué mi celular del bolso y enchufé los auriculares; el micro estaba a dos cuadras de distancia, podía verlo acercándose. Me subí y, luego de pagar por el viaje, comencé a buscar un asiento vacío; no había nada, así que debía viajar parada.
Quince minutos más tarde estaba bajando del colectivo, ya tenía en mente los libros que iba a contarles a mis pequeños lectores; iba a hacer una pequeña recolección de algunos textos que habíamos leído en la facultad y, como hacía siempre, iba a contarles sobre el autor y el contexto. Esos nenes, aunque nadie lo creyese, amaban la historia, eran pequeños lectores que, por las vueltas de la vida, no podían tomarse el tiempo para sentarse a disfrutar de un buen libro; pero sus madres los llevaban todos los días a la biblioteca, era su pequeña rutina y su manera de contribuirles con todo lo que ellos hacían para con su familia.
Me paré en la esquina, tenía que lograr encontrar el atado de cigarrillos que estaba metido en el bolso; cuando lo encontré saqué uno y lo prendí. Estaba a cinco cuadras de la biblioteca y, como no quería llegar fumando, me apoyé en una pared hasta terminar el cigarrillo.
Una vez que lo terminé, continué con mi caminata. Llegué y vi que la mamá de Julieta, una de mis pequeñas lectoras, estaba saliendo por la puerta; eso quería decir que los nenes ya estaban adentro y que, por primera vez, habían llegado antes que yo.
Entré lo más deprisa que pude, no era normal que yo llegase tarde y no quería preocuparlos ni hacerles pensar que no iba a ir; cuando llegué a nuestro habitual rincón ya estaban todos sentados mirando la silla vacía que debería estar ocupando yo. Nicolás me miró y sonrió; era demasiado sencillo hacerlos felices por un momento, pero era mucho más satisfactorio para el alma verlos sonreir cuando simplemente les contaba algo sobre mi vida o los escuchaba cuando me contaban sobre la suya.
- ¡Vi!- gritaron todos al unísono.
- Hola amores- respondí sonriente, la verdad es que no había tenido una muy buena semana, pero esos nenes siempre me hacían sentir tan bien, tan completa, que era imposible no ser feliz con alguno de ellos al lado mío-; ¿Cómo están?
Y así comenzaron a contarme cada uno cómo habían pasados sus días desde la última vez que nos vimos.
- ¿Qué nos vas a leer hoy Violetta?- preguntó Julián; un chico de doce años que era bastante reacio al cariño que yo trataba de brindarle. Nunca lo culpé, tenía una vida complicada y nunca nadie se había acercado a tratar de ayudarlo, era lógico que no confiara en mi.
- Contanos lo que viste en la facultad Vi- dijo Mariana, su hermana menor.
- ¿Lo que vi en la facu?- murmuré mientras pensaba bien en qué cuentos iba a contarles; ya tenía algunos en mente pero, a último momento, cambié de opinión-; tenía pensado contarles algunos libros que leí para la facultad y que no les había contado, pero creo que podemos hacerlo de una forma distinta.
- ¿Cómo?- preguntó Nico.
- ¿Se acuerdan de la primer actividad que hicimos juntos? ¿Cuando leímos muchos libros distintos y los relacionamos?- pregunté y ante el asentimiento de todos proseguí-, bueno creo que podemos hacer algo parecido.
Me levanté de la silla y me senté en el suelo, para poder quedar a la misma altura que ellos; saqué de mi bolso las cosas de la facultad y empecé a revolver entre los papeles hasta hallar lo que estaba buscando. Les di unos libros y, junto a estos, unas hojas.
- ¿Qué es esto?- me preguntó Clari.
- Eso es lo que vamos a ver hoy- respondí-. ¿Alguno puede decirme qué textos son?
- Si vos sabés cuáles son- dijo Mari.
- Si, pero no todos ustedes.
- Son “El conde de...”- comenzó a decir Julián.
-¿De...?- preguntó Federico.
- No sé- respondió Juli.
- Montecristo- dije.
- Ajá- respondió Julián como quien quiere la cosa-. Después está “Oliver Twist”, “La vuelta al mundo en...”
-80- dije.
- “días”- finalizó él-, y “Bola de sebo”.
- Muy bien, ya sabemos qué es lo que vamos a leer- dije mientras me paraba para agarrar mis anteojos del bolso-, ¿Conocen alguno de estos libros?
- Yo...- comenzó a decir Fernanda en un susurro casi inaudible.
- ¿Vos...?- pregunté.
- Yo conozco el de Oliver- respondió ella-; mi papá me lo leyó un día.
- ¿En serio?- preguntó Fermín-; ojalá mi papá me leyera algo.
- Para eso la tenemos Vi- dijo Fer alzando la vista; yo le sonreí inmediatamente mientras le asentía con la cabeza.
- Bueno...- comenzó a decir Julián-, no es lo mismo ella que nuestros papás.
- Julián- lo regañó su hermana, acto que generó muchas risas; no era normal ver a una nena de siete años retando a su hermano de doce.
- Está bien Mari- dije-; tiene razón tu hermano, no es lo mismo lo que haga yo que lo que hacen sus papás. Pero- agregué mientras me volteaba para poder verlo-, tus papás hacen muchas cosas por vos aunque eso no incluya leerte un libro. Y ahora vamos a dejar de pelear y vamos a leer, ¿Les parece?
Todos asintieron; estaban más felices que nunca, y eso me encantó.
- ¿Por qué vamos a leer estos libros?- preguntó un curioso Facundo.
- Porque todos tienen un tema que los relaciona y que es un tema que estamos viendo en los libros hace un tiempo. ¿Se acuerdan cuál es?
- Si- respondió Facu-, la solidaridad.
- Exacto- respondí.
- ¿Nos trajiste para hacer como hacemos siempre?- Preguntó Julián; aunque él no quisiera admitirlo, y fuese reacio a cualquier acto de cariño, le encantaba la historia y leer las biografías de los autores de los libros que leíamos, y le encantaba cuando yo llegaba con todo lo que veía en la facultad porque debía buscar ambas informaciones.
- Porsupus- respondí-; de hecho...- dije mientras buscaba entre los papeles que me habían devuelto los chicos-, acá están.
Se los tendí a Juli, que los inspeccionó minuciosamente; sus ojos se iluminaron, obtuvieron un brillo que sólo aparece cuando vemos algo que nos hace muy feliz. Yo sonreí, me encantaba verle la cara cuando observaba y leía todas esas cosas que tanto le gustaban.
- Está bien- dijo mientras dejaba los papeles a su lado-, ya podemos seguir.
- Gracias por darnos permiso- dijo Facundo.
Todos reímos, las peleas entre esos dos chicos eran lo mejor. Tenían la misma edad y se conocían desde los tres años, además tenían una historia muy parecida y habían vivido todo juntos; eran, prácticamente, hermanos.
- Bueno, vamos a comenzar con...- dije mientras veía los textos- Con “El conde de Montecristo”.
- ¿Vos nos vas a leer la parte de la solidaridad?- me preguntó Emiliana, ella todavía era muy chica y no sabía leer.
- Si- respondí-; acá Alejandro Dumas padre escribe “Si, aquí estoy, soy rico de porvenir y rico un tanto de dinero. Toma, toma padre, y envía al instante por cualquier cosa”
> “Y vació sobre la mesa sus bolsillos, que contenían una docena de monedas de oro, cinco o seis escudos de seis francos cada uno y varias monedas pequeñas”.
- ¿Termina ahí?- preguntó Julieta.
- No amor, pero esa es la parte que elegí leerles- respondí-. Ahora bien, ¿Alguno puede decirme por qué es solidaridad?
- Porque el chico le dio la plata a su padre- respondió Martín.
- Porque a pesar de tener sus necesidades le dio todo a su padre para que pueda seguir viviendo bien- respondió Julian.
- Muy bien- dije-; muy, pero muy, bien. Ahora Juli, ¿querés contarnos sobre el escritor y el contexto?
- Bueno- dijo él con una pequeña sonrisa que aparecía por su rostro-. El contexto es la Revolución Francesa; fue un conflicto social y político donde se enfrentaron los partidarios y los opositores del Antiguo Régimen.
- ¿No dice nada más?- preguntó Facundo.
- Si, pero no lo entiendo- respondió Julián enojado.
- ¿Querés que se los explique yo? Así no tenés que leer del apunte- pregunté.
- Bueno, si- me dijo.
- Como dijo Juli, la revolución francesa fue un conflicto tanto político como social (o sea que se veían involucrados tanto el gobierno como el pueblo, por así decirlo). Esta revolución marca el final de algo que se conoce como “Absolutismo”; por este motivo, cae la monarquía y la burguesía se convierte en la clase dominante.
> Fue bastante complicado llegar al momento en que la monarquía perdió completamente el control y lo ganó la burguesía, pero es lo que permite que hoy no haya reyes sino presidentes.
- ¿Sigo con el autor?- preguntó Julián cuando vio que yo había terminado de explicarles; ante mi asentimiento él prosiguió-. Alejandro Dumas padre: nació en 1802 y murió en 1870; es un autor pro... pro...
- Prolífico- completé yo.
- ¿Y qué es eso?- preguntó Fermín.
- Eso significa que es una persona con una amplia producción; por ejemplo: tragedias, dramas, melodramas y aventuras entre otros.
- Ajá- dijo Juli, creo que ya estaba harto de que lo interrumpamos-; sus novelas más conocidas son “El conde de Montecristo” y “Los tres mosqueteros”.
- Exacto- dije- ¿Algo más que agregar?
- No- respondió él-, seguí con los libros.
- Bien...- murmuré mientras buscaba el siguiente-. Vamos a leer “Oliver Twist”- dije, y así, en ese silencio tan hermoso que siempre me dedicaban mis pequeños lectores, les leí los primeros cuatro capítulos de esa maravillosa historia-. ¿Por qué creen que habla de la solidaridad?
- Y...- empezó a decir Martina-, porque...
- ¿Si Marti?
- Porque a pesar de todo hay gente que todavía se preocupa por los nenes de la calle.
- Yo no sé si es tan así- dijo Facundo-; porque los de la parroquia lo reciben pero cuando ya es un poco más grande, o cuando les pide un poco más de comida, lo quieren echar.
- Pero los de la parroquia fueron los que le dieron comida y cuidados por nueve años- interrumpió Jazmín.
- Pero, ¿de qué sirve que te den comida y cuidado por nueve años? Nadie está listo a los nueve años para salir a trabajar a la calle, en cualquiera de las cosas que hagas- respondió Julián.
- ¿Puedo dar mi opinión chico?- pregunte, no quería interrumpirlos pero me parecía que no estaban pensando claramente. Ante el asentimiento de ambos agregué-. Yo creo que el error es que los de la parroquia se quieran sacar de encima a los nenes o que porque pidió un poco más de comida lo quieran echar; pero no podemos negar que esos nueve años que lo tuvieron y lo cuidaron, sea de la manera que sea, es solidaridad.
- Puede ser- murmuraron Facu y Juli al mismo tiempo.
- Charles Dickens- prosiguió Julián-: nació en 1812 y murió en 1870; es el principal novelista de la era victoriana. Y ahora- dijo mientras me miraba- contanos lo del contexto.
-Bueno- dije mientras agarraba las hojas que él me tendía-. La revolución industrial: es un período que abarca desde mediados del siglo XVIII y principios del siglo XIX; está caracterizado por sus transformaciones socioeconómicas, tecnológicas y culturales. Es este el comienzo del trabajo y la economía basada en la industria y la manufactura.
Todos me miraban con una expresión que indicaba concentración.
- ¿Qué vamos a leer ahora?- preguntó Mari.
- “Bola de sebo”- esto generó muchas risas por parte de los nenes-. Bueno, bueno, no es tan gracioso el nombre- interrumpí y, después de que todos se callaran, les leí el cuento-; ¿Qué aprendemos de esto?
- Que no hay que ayudar a nadie porque todos te cagan- dijo Julián con cierto resentimiento.
- Disculpame Juli, pero acá disiento- dije yo.
- ¿Y vos qué sabes de vivir en la calle?- me escupió él.
- No tiene nada que ver con vivir en la calle Juli- le respondí-; gente buena y mala hay en todo el mundo y en todas las clases sociales. Sé lo que es confiar y ayudar a alguien y que después te cague, pero también sé la hermosa sensación que implica saber que ayudaste a alguien. Y eso es solidaridad, es ayudar sin esperar nada a cambio; es como dice la canción de Fito “Dar es dar, dar y amar”; simple y sencillo, uno da porque es feliz haciéndolo no porque espera algo del otro.
- ¿Y por qué no se puede esperar algo del otro?- preguntó Facundo.
- Porque la solidaridad es desinteresada. Porque uno tiene que dar por el simple placer de ver la sonrisa que se dibuja en el rostro del que ayudaste; porque uno tiene que dar porque es feliz dando, no porque espera que el otro le de también. Esa es, en mi opinión, la base de la solidaridad.
- ¿Y por qué crees eso?- preguntó Clara.
- Porque lo veo a diario, porque lo siento cada vez que estoy acá Clari. Yo no vengo acá a leerles esperando que ustedes me den algo; yo vengo porque me llena el alma verlos sonreír, verlos felices de que alguien se preocupe por ustedes. Vengo porque me gusta más verlos sonreír, no me importa si ustedes me devuelven o no lo que yo les doy.
- Mirá vos- dijo Juli-, alguien que se preocupa por nosotros. ¿Podemos seguir?
- Porsupus- respondí.
- Bien. El hombre este- comenzó a decir.
- Guy de Maupassant- interrumpí.
- Ese- continuó sin darle mucha importancia a mi comentario- nació en 1850 y murió en 1893; es más conocido por sus historias de terror, que lo posicionan a la altura de Poe, y escribió bajo muchos seudónimos. Sufrió de muchos problemas de salud que llevaron a varios intentos de suicidio y, por eso, lo terminan internando en una clínica; un año después muere.
- ¡Linda vida la del hombre!- ironizó Mariano, un chico de unos trece años.
- Ahora vos nos contás el contexto- dijo Julián sin darle importancia al comentario de Marian; no se llevaban bien y, de hecho, soportaban por poco estar sentados en la misma habitación.
- Bueno- dije tratando de evitar más conflictos; el aire se cortaba con un cuchillo oxidado y había que tratar de bajar la tensión que se apoderaba del espacio-. El contexto es la guerra franco-prusiana; es una guerra que comienza en 1870 y termina en 1871 y es un conflicto entre Francia y el Reino de Prusia.
> Es una guerra que marca el último momento de la unificación alemana bajo el reinado de Guillermo I de Prusia; la caída de Napoléon III; la caída de la monarquía en Francia y el fin del segundo imperio francés, que fue sustituido por la Tercera República francesa.
- Nos queda un solo libro, ¿No?- preguntó Martina.
- Si- respondí- nos queda “La vuelta al mundo en 80 días”- agregué y comencé a contarles el capítulo que yo creía que hablaba más sobre la solidaridad; este capítulo hablaba sobre un rescate que hacían los personajes principales a una chica que la iban a sacrificar.
- ¡Es muy tierno!- dijo Mariana-. Y además es re solidario, arriesgan su vida para salvar la de ella.
- Exacto- respondí mientras miraba el reloj-; bueno peques debemos apurarnos porque ya los van a venir a buscar. El contexto es la segunda revolución industrial, que sucede en Inglaterra; el capital estaba concentrado en pocas manos y las clases sociales estaban muy diferenciadas. Se generan muchos cambios tecnológicos en esta época; pero las clases sociales más bajas seguían bajo condiciones malas, no sólo sociales sino también laborales.
- Es como siguen las cosas ahora- murmuró Julián, sólo yo lo escuché; y después agregó-. El autor es Julio verne, nació en 1828 y murió en 1905; se dedicó a escribir sobre ciencia ficción y aventuras y, con sus obras, predijo muchos avances tecnológicos como el submarino y el viaje a la luna.
- Vi- dijo una de las bibliotecarias interrumpiendo nuestra charla- ya llegaron las mamás a buscarlos.
- Bueno Juli, nos despedimos y vamos para allá- dije antes de volver la vista a los nenes-; amores, deben irse. Fue muy lindo volver a verlos.
- A vos también Vi- dijo Mariana.
- Los veo en tres días peques.

Y así, con un suave abrazo de cada uno, terminó otro día en la biblioteca.

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