miércoles, 16 de octubre de 2013

Un día...

De los padres se pueden heredar muchas cosas, el color de ojos, de pelo, la altura, el físico, etc. De mis viejos no heredé ni el color de ojos ni el del pelo, esas son características que vienen de mis abuelas. Pero si heredé otras cualidades, más importantes en mi opinión que las físicas.
Una noche mi papá agarró un libro y me contó una historia, no lo dejé irse a dormir hasta no saber cómo terminaba. La segunda noche me obligó a esperar al día siguiente para saber el final. Ya para la quinta noche no era necesario que me dijera nada, yo sabía que en algún momento el relato se iba a terminar y debía esperar todo un día para saber cómo terminaba el cuento. Sin que yo me diera cuenta se pasó un año de historias. Pero, una noche, sin que yo notara cuál fue, mi papá dejó de ir a leerme un cuento como lo hacía antes.
Un día, paseando por el centro de calle doce, mi mamá me hizo entrar en una librería y me compró la primer novela que leí yo sola... “Mujercitas”. Fue un día, como cualquier otro, en que empecé a leer por mis propios méritos. Fue ese el día en que mis papás festejaron mi temprano inicio de independencia.
Un día llegué llorando de la escuela y mi mamá se acostó a mi lado y me abrazó hasta que me tranquilicé y me quedé dormida.
Podría haber heredado un montón de cosas de mis viejos pero heredé las mejores. Una personalidad fuerte que me permite afrontar mis problemas, sabiendo que si caigo van a estar ellos dos para ayudarme a levantarme; una impaciencia extrema por averiguar cómo terminan las cosas, pero, también, una poca paciencia para darles su tiempo; el amor por la lectura, por agarrar un libro y transportarme a otra realidad.
Un día le mentí a mis papás y perdí su confianza; ese día aprendí la importancia que tiene la honestidad, hoy creo que es una de las mejores cosas que me enseñaron.
Un día vi a mi mamá estar despierta hasta las cinco de la mañana para hacerle el aguante a su amiga, ese día aprendí la importancia que tiene la lealtad hacia las amistades.
Un día me enseñaron a luchar por mis ideales, a pensar por mi misma y a no dejarme pasar por encima.
Un día encontré a mi papá sentado en la computadora escribiendo. Lo que nunca supe, hasta el día de hoy, que ese iba a ser el inicio de una pasión que mis viejos me inculcaron, el amor a la escritura.
Un día necesité un consejo y ellos estuvieron ahí para escucharme; ese día me enseñaron lo importante que es estar cuando el otro te necesita.
Un día, paseando por el centro, vi unos nenes pidiendo comida. Mi papá entró a un kiosco y les compró, si no me equivoco, unos alfajores. Ante mi pregunta, una tan esperada, de por qué les compraba eso si no les iban a dar nada a cambio, mi papá me respondió: “Porque la solidaridad es desinteresada”.
Un día, siendo ya más grande, vi como mucha gente da esperando algo a cambio. Ese día mi papá me enseñó que en la vida siempre va a haber gente que espera que le devuelvan lo que dan.
Un día vi a mi mamá secarse las lágrimas para evitar que mi hermano y yo viéramos que estaba mal; ese día aprendí lo fuerte que puede ser una persona, que puede estar llorando y, al mismo tiempo, fingir una sonrisa y decir “está todo bien”. Ese día aprendí lo importante que es ver detrás de las sonrisas falsas que hace la gente que nos importa.
Un día dejé de recibir los llamados de mi vieja para ver si estaba todo bien, qué estaba haciendo o qué iba a hacer. Ese día comprendí que me había ganado su confianza.
Un día me senté a pensar qué había heredado de mis papás y me di cuenta que muy pocos rasgos físicos son de ellos. Pero... ¿a quién le importa lo físico cuando heredé lo mejor de cada uno de ellos?

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