Salí de mi departamento y me subí al ascensor que me esperaba con las
puertas abiertas. Creo que soy una de las pocas personas que todavía recuerda
lo que había antes, que todavía que recuerda todo lo que pasaba antes de que la
guerra estallara.
-
Al centro, frente a la plaza central-respondí
automáticamente. Todo el viaje pasó en completo silencio, mi mente estaba muy
lejos de ese lugar. Todavía recordaba todo lo que había ocurrido antes de la
guerra y cómo había cambiado todo-. Gracias-murmuré mientras bajaba del
ascensor.
Observé todo a mi alrededor, nada era igual, la tecnología había
avanzado a tal punto que ya no era necesario caminar, si vivías en una casa
tenías tubos trasladores al lado de tu puerta. Los pocos que caminaban lo
hacían vestidos totalmente de negro, eran los que vivían tras el muro y
entraban en la ciudad únicamente para realizar los trabajos que nadie quería
realizar. Si los hubiese visto años atrás, mientras estaba sentada en una mesa
del café con mis amigas, los hubiésemos comparado con códigos de barra. Todas
las paredes eran blancas y ellos no hacían otra cosa que camina hasta llegar al
punto al que debían ir.
Sentado en el borde de la fuente se encontraba mi novio que me esperaba
mientras leía el diario. Me acerqué a él y, sin decir nada, le saqué el diario
de las manos, sabía que a él le molestaba pero lo hacía porque era muy graciosa
la manera en que se enojaba, sólo cuando se daba cuenta que era yo me sonreía.
-
¡Será posible que estos negros siempre quieran
aprovecharse de…- sus palabras quedaron en el aire mientras me miraba con cara
de desconcierto. Lo estaba perdiendo, Will era uno de los pocos que se había
dado cuenta de la manera en que los gobernantes trataban a los que estaban tras
el muro. Y, ahora, desde que había ascendido, estaba completamente de acuerdo
con lo que hacía el gobierno. Aunque, de a ratos, recordaba lo que pasaba y
volvía a ser el mismo del que yo me había enamorado años atrás-. Yo… Ehh…-
balbuceó- No era lo que quería decir… Yo…
-
Está bien William- murmuré enojada, aunque en
realidad no sabía con quién. Me enfurecía con todos, pero mayormente con los
del otro lado del muro por no hacer nada para cambiar las cosas.
Observé la fuente, su simple presencia ya me molestaba. En el pilar más
alto había un hombre de traje con sombrero y maletín. A su lado, en un pilar
más bajo, había una mujer con vestido. Lo que más me enfurecía eran las figuras
que estaban abajo. A los pies de ambos había dos personas, un hombre y una
mujer, vestidos totalmente de negro, que les besaban los pies.
Logramos llegar a la puerta del Ministerio, pero antes de entrar sentí
dos brazos rodearme la cintura y empujarme para hacerme entrar en una
camioneta. Me vendaron los ojos y sentí el auto comenzar a andar bajo mis pies.
Sólo cuando llegamos, y me bajaron, me sacaron la venda. Estábamos del otro
lado del muro, eso lo supe sin necesidad de que me dijeran nada. Lo único que
me extrañó fue que me dijeran que ellos eran como yo, que recordaban todo lo
que pasaba antes de la guerra y que, como yo estaba de un lado y ellos del otro
lado del muro, necesitaban mi ayuda.
Comenzamos a caminar hasta llegar a una cabaña, en la puerta había un
cartel que rezaba: “Cuando más brilla el
mundo de las mercancías y de los valores del Mercado, menos vale y menos
importa el Ser humano. El Che”. Eran
carteles de lucha, de revolución. Eran carteles que denotaban un cambio futuro,
un cambio para mejorar la vida de todos. Eran carteles de aliento.
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