domingo, 18 de agosto de 2013

Tori

La castaña se sentó en la cama, un café sobre la mesa de luz y las fotocopias que debía leer a su lado; tomó la primera y la miró, no sabía de qué se trataba pero se quedó observando la poco pulcra letra de su amiga. “S.T. siempre al rescate”le había escrito la clase anterior de Matemáticas, clase en la que ninguna de las dos entendía cómo era que debían hacer las cosas.
Se sentó en la cama y tomó una de las fotos colgadas en el corcho. No tenía muchas ganas de ponerse a hacer ejercicios y, en realidad, su mente vagaba trayéndole distintos recuerdos. Miró la fotografía por un momento, todavía recordaba esa escena como si hubiese ocurrido el día anterior.
La pelirroja, cansada de esperar a su amiga en la puerta de la residencia Elizabeth I, decidió ir a buscar a la castaña al edificio Newton, lugar en el que Sofía padecía sus clases particulares con el profesor de Matemáticas. Llevaba dos vasos de café y aguardaba, recargada en la pared, la salida de su amiga.
A las seis en punto la puerta se abrió y Victoria pudo ver a la castaña salir del edificio acompañada del profesor Saller, bajaron los escalones juntos y separaron sus caminos.
-¿Y?- preguntó la pelirroja. Sofía parecía mareada, no paraba de rascarse la cabeza y refregarse los ojos.
-No me entra más conocimiento, Face- respondió recargándose junto a su amiga y tomando el café que ella le tendía-, te juro que tengo la cabeza absolutamente quemada.
-Bueno, quizá lo que veas ahora te cambie un poco el panorama- dijo Tori al ver pasar caminando a Victorio, Alejandro y Adrián, sus profesores de literatura, filosofía y química respectivamente.
-Hola, sí… poder venir a enseñarme a leer cuando quieras- murmuró Sofía. Ambas se miraron de reojo y largaron una carcajada. Se conocían lo suficientemente bien como para saber que mirar a un chico implicaba alguno de esos comentarios, pero no podían evitar la risa cuando la otra los hacía.
Victoria se acomodó el pelo automáticamente; para la castaña ese no era un problema, llevaba su boina perfectamente acomodada y los mechones de pelo caían lacios y bucleados sobre sus hombros.
El ruido de la lluvia hizo a Sofía volver a la realidad, en algún momento de toda esa escena había aparecido su prima para sacarles esa fotografía. En realidad, y si la sacaban del contexto, lo que se veía no era más que dos amigas recargadas sobre una pared, charlando y riendo. Pero para ellas, que sabían quiénes estaban del otro lado de la cámara, en realidad no significaba sólo eso.
Se volvió a recostar en la cama, estaban a pocos días del invierno y eso significaba que ya se acercaba la fecha en la que se cumplirían doce años de conocer a su explosiva amiga. Intentó recordar cómo había llegado la pelirroja a su vida, en qué momento dejó de ser simplemente la vecina de sus tíos y comenzó a ser su amiga, pero no lograba recordarlo… quizá había pasado muy rápido, no lo sabía, pero simplemente no se imaginaba su vida sin esa chica.
Inconscientemente comenzó a pensar en todo lo que significaba para ella. La pelirroja, su aliada… la había lastimado tanto y, sin embargo, ella seguía ahí, al pie del cañón, lista para cuando su castaña amiga la necesitara.
Tori era la hermana que Sofía nunca había tenido, y simplemente eso podía responder cada vez que le preguntaban por qué esa chica que, a simple vista, parecía tan arisca y mala era tan importante para ella. No lograba imaginar un día sin su pelirroja, sin sus mensajes a cualquier horario y diciendo cualquier tipo de cosa.
Se habían peleado miles de veces pero se habían arreglado siempre, sin importar el tipo de pelea que hubiesen tenido. Y, a pesar de cualquier adversidad que hubiesen pasado, siempre supieron que en la otra podían encontrar un puerto al que volver cada vez que necesitaran tocar tierra conocida.
Tori era una bomba a punto de estallar en cualquier momento, pero siempre estaba dispuesta a prestarle su oído a la castaña. Siempre estuvo ahí para ella, en todo momento, en cualquier circunstancia. Y, ante todas las cosas, siempre estuvo dispuesta a defenderla ante cualquier persona que quisiera lastimarla.
No eran demostrativas pero, a su manera, lograban expresar el amor que se sentían. En su forma, medio agresiva medio tierna, ciclotímica y a las puteadas, ambas sabían que en la otra habían encontrado una hermana con la que contar siempre y, por sobre todas las cosas, fiel. Porque ese era uno de los rasgos más importantes que la castaña rescataba de su amistad con la pelirroja, sin importar nada siempre le fue fiel.
 Victoria era, principalmente, esa chica que la acompañaba a volar pero que, también, la ayudaba a recordar el terreno por el que caminaba. No recordaba la última vez que habían logrado mantener una conversación seria. Pero, ¿para qué quería tener una conversación seria cuando podía tener mil y una conversaciones extrañas que empezaban en un punto y terminaban en otro totalmente distinto?
Su amistad con la pelirroja era eso, siempre a las puteadas y a las piñas, pero se conocían lo suficiente como para saber qué decir y cuándo decirlo. No había pensamiento que cruzara la mente de la castaña que no fuese, automáticamente, escrito en un mensaje y enviado a su amiga. No había secretos entre ellas porque, aunque intentaran guardar algo, no lograban mantenerlo escondido por más de dos segundos; simplemente se conocían tanto que lograban saber cuándo la otra quería decir algo o estaba ocultando algo, incluso podían saber cuándo era un secreto o cuándo era una situación que, en realidad, la angustiaba y por eso lo escondía.
Sabían qué decir y qué no para lastimar o hacer sentir mejor a su amiga; sabían cuál era el momento indicado para hablar y en cuál debían permanecer calladas y dejar actuar a la otra; incluso sabían cómo actuar para demostrarle que estaba errando pero sin decir una palabra.
Los consejos de la pelirroja siempre eran los mejores porque, principalmente, nadie entendía y conocía a la castaña como lo hacía esa chica. Conocía sus sentimientos, sus modos, sus actos; sabía cuándo era temor lo que paralizaba a su amiga o cuándo actuaba acorde a su modo de ser. Conocía cada recóndito rincón de la mente y del corazón de la castaña y era, por eso, que podía aconsejarla mejor que nadie. La conocía tanto que incluso sus consejos sobre el amor eran los mejores, no había como la pelirroja para entender todos los problemas de Sofía con ese tema y para hacerla entrar en razón hablándole desde ese punto.
Sus padres nunca le habían dado una hermana, pero la vida se había encargado de presentarle a la castaña una, quien, en su opinión, era la mejor que podía haberle tocado. Las diferenciaban centenares de rasgos, físicos y mentales, pero su unión era más fuerte, iba más allá de esas diferencias. Porque, principalmente, las unían miles de otras cosas: su pasión por la música; su amor a Ska-p, esa banda que las había unido cada día más; sus libros, conocidos o desconocidos, pero que ambas disfrutaban tanto juntas como separadas; su pasión por la escritura, pasión que las unía siempre que podía; sus miles de mensajes de texto que siempre terminaban en canciones; las películas, series y dibujos animados; sus profundas ganas de ir, siempre, al cine; su pasión por el fútbol, tanto para jugarlo como para verlo. Pero también las unían miles de sus formas de ser: su manera de rechazar todo aquello que rozara lo cursi y extremadamente romántico; su manera de vivir a las puteadas y mandando a la mierda a la gente; no dejarse pasar por encima, no dejarse atropellar por nadie.
Sofía sabía que ambas tenían motivos para mandarse a la mierda y cortar con esa amistad, pero simplemente no podía concebir su vida sin esa chica. Amaba con todo su corazón a su pelirroja amiga, era capaz de hacer cualquier cosa por ella y trataba de demostrárselo cada vez que podía. Pero, por sobre todas las cosas, admiraba profundamente a esa chica; su capacidad de ser fuerte siempre, sin importar la circunstancia que la rodeara; su modo de encontrar luz en plena oscuridad; su forma de ser, de no dejarse pasar por encima por nadie, nunca; su modo de hacer siempre todo a su forma, incluso en los momentos en los que no debía o no podía hacerlo así. Y, principalmente, lo que más amaba de su pelirroja amiga era que siempre, ante todas las cosas, se había encargado de enseñarle a la castaña a ser mejor persona todos los días.

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