Vivimos en un mundo en el que más es más y menos también es más; pero, a su vez, más también puede ser menos. Nuestra frase de cabecera, como sociedad, es "el tiempo es oro",. Buscamos tener más tiempo, anhelamos días más largos. Pero, ¿para qué? para poder tenes más actividades. Más horas libres implican más actividades, más trabajo, más de todo y menos de nada.
Nos levantamos; nos bañamos; desayunamos leyendo el diario o viendo el noticiero; nos vamos al trabajo/escuela/facultad/lo que sea; salimos para almorzar al centro, (porque, claramente, es mejor comer por algún puestito perdido por ahí que volver a nuestras casas y comer sentados), para así no perder tiempo; volvemos a nuestra casa; hacemos lo que debemos hacer; cenamos; nos acostamos a dormir. Otra vez suena la alarma del despertador, otro día, otra vez la misma rutina.
¿Dónde quedaron aquellos días en los que más tiempo era igual a tiempo de ocio? ¿Cuándo se modificó todo eso? ¿será cierto, como muchos afirman, que fueron las grandes ciudades las culpables de esto? En todos lados se habla de "la vida en las grandes ciudades", "el stress de la ciudad", "el ritmo de la ciudad", etc. ¿es que, en realidad, conocemos otro tipo de vida? ¿cuántas veces escuchamos la frase "yo no vivo en tl lugar porque no me gusta ese estilo de vida"? ¿cuántas veces lo dijimos? Mi pregunta es, en realidad, ¿no será que nos quejamos de eso porque no podemos quejarnos de que vivimos igual?
Me encantaría saber cuándo se modificó todo eso (pido al que tenga la respuesta que la comparta conmigo). Pasamos por la vida mirando el reloj, preocupados por tal o cual cosa, empujándonos, convirtiéndonos cada vez más y más (y mucho más) en gente agresiva (¡nos quejamos de la violencia en la tele o en el fútbol y no nos damos cuenta que es un reflejo de una sociedad cada día más agresiva!), nos olvidamos de agradecer, de sonreír... nos olvidamos de vivir.
Caminamos por la vida y olvidamos ver a todos aquellos que sí disfrutan de ella, de estar vivos, que le sacan provecho y jugo a la vida. Pasamos por una plaza sin disfrutar de los niños que juegan libres, de los cantantes, de los músicos, de los poetas, de los artistas, de los amigos, de los amantes. Pasamos por la vida encerrados en nuestra burbuja; pensando en el horario, en la reunión de trabajo, en el examen, en la cena, en el supermercado, en todo lo que tenemos que hacer; rogamos tener más tiempo para hacer más cosas y, así, necesitar más tiempo.
Nuestro límite comenzó a ser el dinero y el tiempo. Ya no disfrutamos de las pequeñas (y maravillosas) cosas de la vida. Ya no es importante juntarse con amigos a reír, poner plata entre todos para la comida, recordar viejas épocas y generar nuevas anécdotas; lo importante es cánto vamos a gastar y cuánto tiempo vamos a perder.
¿Dónde quedó el descanso? ¿la juntada con alguien? ¿la salida al centro por el simple placer de pasear? ¿la lectura elegida de un libro? ¿la escritura por ocio? ¿Dónde quedaron todas esas costumbres? ¿los mates a la tarde? ¿los cafés después de la cena? ¿la charla de las comidas? ¿el placer de una película? ¿será que en esa "vida de ciudad" perdimos todos nuestros tiempos libres?
Yo me pregunto, entre todas las preguntas que rondan mi pensar, cuándo fue que nuestro miedo a la muerte se transformó en nuestro miedo a la vida. ¿Cual es mi límite? mi vida. ¿Qué es lo importante? mis recuerdos, mi futuro, mi alegría, mi felicidad, mi risa.
¿Mi consejo? Salgan a la vida. Bailen; rían; lloren; disfruten; sean felices tanto con lo grande como con lo chico; hagan lo que sientan, lo que mejor les haga a ustedes. Y recuerden: la vida es una sola y es eso que ocurre mientras están ocupados haciendo otros planes. Este es mi consejo, tómenlo o déjenlo, pero hagan algo con él.
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