El sol bajaba lentamente, era un día de calor igual a tantos otros que se vivían en pleno verano. El viento mecía las hojas de los árboles, los últimos rayos solares iluminaban el cielo tiñéndolo de un anaranjado que, en pequeños lugares, se mezclaba con algunos rosados o violáceos. Desde la calle se podían ver los pequeños mechones rubios de la joven que descansaba sobre la baranda del balcón, su pelo, al igual que los árboles, se movía al son del viento y su risa se escuchaba desde la tan silenciosa calle.
Artemisa estaba acostumbrada a esas noches de verano, ya no le afectaba tanto el calor. El año anterior había sido peor, o eso creía ella, por eso no lo sufría tanto; Scott, sin embargo, era un recién llegado a la ciudad y nunca había vivido un calor tan insoportable. Pequeñas gotas de sudor caían por su rostro, la remera ya había desaparecido de su cuerpo para el momento en que la temperatura alcanzó los 38° y recién cuando anochecía y la temperatura comenzaba a descender lentamente, se daba el lujo de salir del departamento y observar la calle.
No entendía las grandes ciudades y nunca iba a entenderlas, la rubia se había esforzado por mostrarle otras cosas pero él seguía sin cambiar su modo de verlas. Esa noche se encontraban solos en el departamento, James y Lyra habían salido a cenar juntos y les habían dejado la casa para ellos dos con la esperanza de que alguno diera el paso final y se atreviera a hablar seriamente con el otro.
Misa, como le decían sus amigas, volteó en el balcón y, mientras observaba el andar de las personas, colgó el teléfono y lo guardó en el bolsillo. El silencio era algo completamente extraño en una ciudad tan grande como esa, y era mucho más extraño para una ciudad capital. Pero la rubia ya estaba acostumbrada a que, en pleno enero, la gente desaparecía para pasar sus vacaciones en la playa. De hecho, todas sus amigas estaban vacacionando en la casa de una de las chicas del grupo. Luisina, la enana como le decía Misa, tenía una casa en Gesell y siempre se iban de vacaciones ahí; pero ese año Artemisa no había podido ir porque no quería dejarla a Lyra sola.
Sintió un par de brazos rodearla por la cintura, era Scott que había decidido salir un rato del encierro en el que vivía. Le dejó un beso en el cuello antes de apoyar su cabeza en el hombro de la rubia y sonreír por ese momento.
- Hacía mucho que no teníamos el departamento para nosotros solos- murmuró el castaño mientras le acariciaba la mano a Misa.
- Hacía mucho que no te acercabas para otra cosa que no sea solamente tener relaciones- respondió ella mientras lo empujaba suavemente y se encaminaba al ventanal que separaba el living del balcón.
Scott agarró la mano de la rubia antes que entrara completamente y tiró de ella hasta tenerla lo más cerca posible, le acarició la mejilla y la besó lo más cariñosamente posible, dejando entrever todas esas cosas que habían pasado inadvertidas. Cuando se separaron una suave sonrisa descansó en el rostro de ambos y Misa entendió todo lo que ocurría... ahí se explicaban todas las sonrisas sin razón aparente, los abrazos cuando ella estaba mal, las caricias en el brazo o en el pelo, todos los "Buenos días" y "Buenas noches", los juegos, las conversaciones... todo lo que ella creía que marcaba una distancia de amistad entre ambos se explicaban con ese simple y dulce acto.
- Te amo- murmuró él antes de volver a fundirse en un beso que llevaba semanas esperando.
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