Las lágrimas ya acudían a su rostro cuando cerró el ventanal, no quería que nadie la viese llorar ni que le dijeran nada sobre el tema. Ninguno entendía por qué estaba así y no quería tener que explicar nada al respecto. Se apoyó contra la pared y se dejó caer, las piernas le temblaban, los ojos le ardían y nada en ella hacía que se sintiera al menos un poco mejor, su cuerpo no la ayudaba a mejorar su estado de ánimo.
Esa era su última noche en ese departamento, había decidido no volver ahí para no seguir lastimando a nadie. Ya le había dejado una carta a Alex explicándole todo lo que verdaderamente sentía y diciéndole que todo lo que él creía era falso, que alguien lo había engañado; también le había dejado una carta a Emilie, su mejor amiga, diciendo lo mucho que lamentaba la pelea y que, al igual que lo habían hecho con Alex, a ella la habían engañado. En ninguna de las dos cartas decía que iba a quedarse, en ambas les decía lo mucho que los quería pero que debía irse, que ella no pertenecía a ese lugar y que nunca iba a hacerlo.
Secó las lágrimas que rodaban por sus mejillas, pero pronto aparecieron más para reemplazarlas. Cansada dejó que las lágrimas fluyeran y, así, tratar de aliviar el dolor que sentía recorrer su cuerpo.
Su madre, la misma que años atrás la había abandonado, había sido la mejor amiga de la mamá de Emilie, la mujer que la cuidó toda su vida. No lograba entenderlo, Anne tendría que habérselo contado en algún momento, en definitiva la conocía desde que era apenas una recién nacida.
Cerró los ojos y apoyó la cabeza en sus rodillas mientras el mismo recuerdo se reproducía una y otra vez en su mente. Recordaba que era una noche completamente gris; sus padres estaban discutiendo y ella ya no podía fingir que dormía, se acercó a la escalera y se sentó allí, abrazándose a las rodillas y llorando silenciosamente. Desde la muerte de su hermano las peleas eran constantes y nada parecía calmarlas, pero sus papás fingían llevarse bien mientras estaba ella presente, creyendo que así se borraba el dolor de escucharlos discutir todas las noches. Pero ese día era distinto, no era una pelea más... era la definitiva. Violet vió como su madre le tiraba un florero a su padre, mientras él trataba de hacerla quedar; ella le gritó, lloró y le dijo que nunca más volvería pero que esperaba que fuera feliz, al menos por su hija. Agarró dos valijas que estaban en la entrada de la casa y salió, para no volver más.
La rubia sintió un brazo que le rodeaba los hombros y volvió a la realidad sólo para encontrarse con unos ojos marrones que la miraban curiosos. Trató de alejarse mientras se secaba las lágrimas, pero Alex la obligó a quedarse ahí, junto a él.
- Prometiste no confundirme con tus sentimientos- dijo el castaño, recordando una conversación que habían tenido al principio del verano.
- Bueno... vos prometiste no romperme el corazón- respondió ella-, pero se ve que ninguno de los dos pudo cumplir.
- Por dios Vi, no podés decir eso. ¿Dónde quedó esa chica inquieta y decidida de la que me enamoré? ¿La que lucha por cada cosa y que prefiere hacer todo lo que esté a su alcance, y más, para ganar antes que renunciar a algo? ¿Dónde quedó esa chica que no da el brazo a torcer nunca? Porque ésta no sos vos... Violet Stevens no renunciaría nunca, no le daría a nadie el gusto de verla rendirse.
- Bueno... ¿Sabés algo? Estoy harta de fingir que nada me duele, estoy harta que jueguen conmigo, estoy harta de todo esto. Soy una persona igual que todos ustedes ¿si? y sé reconocer una causa perdida... me cansé de luchar por todo. Me cansé Alex, me cansé- murmuró ella antes de romper en llanto.
El castaño la abrazó con fuerza y le acarició el pelo.
- Yo nunca rompería tu corazón Vi- le dijo, obligándola a mirarlo a los ojos.
- Y yo nunca jugaría con tus sentimientos- respondió ella secándose las lágrimas-, pero se ve que inconscientemente lo hicimos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario