domingo, 18 de agosto de 2013

Caminaba por la calle, era una tarde tranquila. El sol caía lentamente y la gente paseaba, deteniéndose a mirar cada una de las vidrieras. A lo lejos lo vi, era él, eso estaba claro, pero no era como lo recordaba, estaba distinto; me vio, sé que lo hizo, quise evitarlo, pero ahí estaba, parada, saludándolo. Era un viejo amigo, quizá demasiado viejo, tanto que no recordaba la última vez que habíamos hablado, ya era un extraño para mí.
-¿Cómo estas?- preguntó.
Las palabras se agolparon en mi mente: "mal, rara, triste, desolada, enojada. Me siento desechable, cambiable, insignificante, innecesaria, vacía, rota, quebrada. Me siento estúpida". Lo miré desconcertada pero fingí una sonrisa. ¿Podía confiar en él? creía que sí, al menos recordaba haberlo hecho, pero era ya mucho el tiempo, muchas las cosas que pasaron entre nosotros, no era lo mismo y dudaba que pudiese serlo.
-Bien, estoy muy bien -afirmé, quizá más para mí que para él. El extraño sonrió y siguió su camino, sin detenerse, sin mirar atrás, sin voltear a mirarme. Una lágrima intentó escapar y rodar por mi mejilla pero la sequé inmediatamente, no iba a llorar, no por él, no otra vez.

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