lunes, 19 de agosto de 2013

¿Pasado, presente o futuro?

Desde que nacemos nos enseñan que uno tiene que estudiar para poder conseguir un buen trabajo en el futuro, que uno tiene que recordar siempre lo que hizo y cuidarse con lo que hace porque en el futuro nos podemos arrepentir... ¿Y si no tenemos futuro?, ¿Si mañana nos pisa un micro o un auto?, ¿Si mientras dormimos nos agarra un paro cardíaco?... ¿Qué pasa cuando te sentás a pensar esas cosas? ¿Qué pasa cuando te das cuenta que no importa cuántas cosas hagas hoy para ser mejor en el futuro, quizá mañana no lo disfrutes?
Ahí es donde yo me pongo a analizar ¿No sería mejor vivir el día a día sin preocuparnos por lo que pueda llegar a pasar mañana? No quedarnos en el pasado, no vivir en el futuro, vivir hoy. Vivir el presente con todo lo que ello conlleva, arriesgar sabiendo que las cosas nos pueden salir bien o mal pero ser felices al fin y al cabo o seguir pensando en qué va a pasar mañana y no disfrutar el hoy. Difícil decisión para algunos pero creo que la más acertada es vivir el hoy.
Vaya uno a saber por qué pero vivimos como zombies atravesados por una línea invisible que nos condiciona querer mantener las cosas como son, que nada cambie; y, además, nos condiciona a querer siempre vivir hoy para el futuro.
Pasamos por la vida casi corriendo para llegar más rápido a hacer todas nuestras obligaciones y así poder tener más en vez de hacer lo que realmente nos gusta y nos llena el alma. Vivimos constantemente pensando en lo que va a pasar, en cómo va a actuar alguien, en cómo vamos a actuar, en el qué dirán; en vez de pensar en lo que nos hace felices hoy, sin importar mañana. Vivimos queriendo aprender para ser mejores mañana pero no nos sentamos a pensar que tenemos que ser mejores hoy.
El pasado ya pasó, ya está; lo que no hicimos no podemos hacerlo ahora, lo que no disfrutamos no podemos disfrutarlo ahora, lo que no lloramos no podemos llorarlo ahora. Lo único que podemos hacer con el pasado es aprender de él, observar qué errores cometimos para chocarnos con la pared y cambiarlos, y así rezar por no chocarnos de nuevo contra la pared.
El futuro es aquello que nos espera al día siguiente, es lo que anhelamos, lo que soñamos, lo que queremos ser, lo que queremos lograr, son nuestros deseos más profundos de lograr nuestro objetivo; Pero es eso... deseos. El futuro es lo que anhelamos, pero no sabemos qué va a pasar mañana y, por ende, no podemos vivir pendientes de él.
El presente es todo lo que fuimos, somos y queremos ser; es todo lo que queremos arriesgar para ser felices; es todo lo que reímos y todo lo que lloramos; es todo lo que decimos y todo lo que callamos; es todo lo que, en algún momento, se va a transformar en pasado y también es todo lo que en un pasado fue futuro. Pero es todo lo que tenemos que vivir para poder construir nuestro futuro. El presente es eso: es todo lo que hacemos para que los demás nos recuerden, es todo lo que hacemos para sentirnos orgullosos de nuestras decisiones, es todo lo que hacemos para sentir llena el alma.
Entonces me pregunto yo, si el presente es tan importante ¿Por qué seguimos insistiendo en vivir en el futuro? ¿Por qué seguimos pensando en lo que va a pasar mañana sin disfrutar lo que tenemos hoy?
Puede que esté errada o sea la única loca que lo piensa pero creo que deberíamos replantearnos ciertas cosas a la hora de ver la vida, porque viviendo en el futuro nos olvidamos del presente y, así, no vivimos ni el futuro ni el presente, no disfrutamos ninguno de los dos. Además si vivimos pendientes del futuro se nos va a pasar la vida más rápido.
Vamos por la vida como en un frasco, siempre pendientes de lo que va a pasar mañana y nos olvidamos de interactuar con aquellas personas que pasan hoy por nuestras vidas, nos olvidamos de vivir y disfrutar lo que la vida nos está dando.
Si vivimos en nuestro mundo, en nuestro frasco esto es lo que pasa... Vemos pasar a vida por delante de nuestros ojos, no somos más que meros espectadores de nuestra vida, no actuamos, no interactuamos.
Vivamos, lloremos, riamos, cantemos, bailemos, salgamos de ese frasco que tanto nos ofusca la mirada.

Triunfos y derrotas

Anteriormente escribí sobre como la sociedad tilda de fracasados a las personas que no se casaron a los 40 años, pero no profundicé ese tema porque no era sobre el que me había mentalizado a escribir hasta que una amiga decidió que ese era un tema que quería que yo profundizara. Así que acá estamos... Profundizando.
"Yo no sé si es porque las cosas se fueron desvirtuando, pero actualmente está impuesto en la sociedad que si a los 40 años no te casaste, no te enamoraste, no encontraste a esa persona que todos llaman "el amor verdadero", "el príncipe azul", no triunfaste en la vida. Que cosa rara... Decir que porque no hallaste al amor de tu vida  sos un fracasado. ¿No estamos siendo muy tajantes? ¿No estamos condenando a muchas personas que por X o por Y motivo a los 40 están solteros?" (NdE: puede leerse en "all you need is... ¿Love?") 
Lo más probable es que me haya equivocado al escribir el comienzo de ese párrafo. Las cosas no se fueron desvirtuando con el tiempo, la sociedad siempre fue así; siempre existieron esa clase de prejuicios. Hablando históricamente la sociedad se ve llena de prejuicios que, a lo largo de los años, se fueron modificando; pero en el tema del amor siempre existieron los mismos prejuicios "Si estas en pareja son un triunfador, si estas soltero son un perdedor... Quiero decir un derrotado".
Si nos remontamos en la historia, muchos años atrás, el mayor logro de la mujer era poder casarse, si no se casaba era una solterona... Había fracasado en la vida. Si viajamos un poco más adelante en la historia llegamos a los años 50' y con ellos el famoso "Sueño americano" otra completa farsa para decir que el rol de la mujer y el hombre en la sociedad no era el mismo pero que ambos tenían un mismo rol para cumplir... Sentar cabeza, casarse, encontrar al "amor de su vida". Hecho que se ve claramente reflejado en la película de Julia Roberts "La sonrisa de la mona lisa". Y, por último, llegamos a la actualidad... Uno creería que estando en pleno siglo XXI esos prejuicios ya no seguirían funcionando. Pero no, nuestra vida se ve completamente atravesada por una línea invisible que nos define como Ganadores o Perdedores, la línea del "amor". No importa si triunfaste en tu trabajo, no importa la cantidad de títulos que tengas, no importa el promedio con el que te recibiste de la secundaria o de la facultad, no importa si sos feliz con tu trabajo, no importa si tenes amigos. Lo importante, para saber que clase de personas sos (triunfador o perdedor), es saber si a los 40 años estas soltero o estas en pareja (sos más triunfador si estas casado). Entonces, ya no importa cómo se sienta uno porque la sociedad tiene una visión que ya nos hace saber que somos fracasados. En pleno siglo XXI existen las famosas "Tía solteronas de 40 años" y por ahí esa tía solterona es una feliz abogada que vive para y por su trabajo porque lo ama, pero no importa sigue siendo solterona, y en esta realidad ser solterona es igual a ser fracasado. Ni siquiera importa la clase de pareja que tengas... Porque esas cosas se arreglan con las puertas cerradas. Lo que importa es que tenes una pareja y que, a simple vista, son felices. Lo demás... Bueno, simplemente no importa.
Ahora, por ahí soy la única loca que lo piensa, pero tantos años de generaciones luchando por los "derechos" las futuras generaciones, tanta gente que lucho para... No se... Por ejemplo, que las mujeres puedan trabajar, puedan estudiar, puedan triunfar en el mundo laboral, etc. Todas esas batallas ganadas para que ahora se sigan tomando como punto de base para el triunfo el amor. Y esta todo bien con el amor pero no creo que sea parámetro para definir si una persona triunfó o no en la vida. Porque los triunfos o las perdidas son completamente subjetivas. Varían según la persona que las ve. Para algunas personas el hecho de que alguien decida quedarse en su casa a cuidar a sus hijos es de fracasado... Para otros no.
Y es ahí donde yo me pregunto, si es todo tan subjetivo ¿Por qué toda la sociedad, o gran parte, juzga a una persona por estar soltera? No damos permiso a la réplica, a la discusión. Ya está impuesto, junto a otros miles de prejuicios, que si a los 40 años estas soltero sos un fracasado.
Y, suena muy gracioso, pero estamos manejados cual máquinas. Nos crían bajo las promesas del amor de nuestras vidas, que vamos a ser más felices si estamos en pareja, que si no te casas no triunfas y un gran Bla Bla Bla que nosotros nos comemos, lo adoptamos, lo hacemos nuestro. A lo largo de nuestra vida criticamos esa teoría de "los triunfos o los fracaso" basados en el amor; pero en el preciso instante en que decimos "si, acepto" todo cambia; adoptamos esa teoría como nuestra, la hacemos nuestra (prácticamente) "teoría de vida", nos ponemos la camiseta del color de esa teoría y salimos a refregarle al mundo (con cara de triunfantes, claro está) como salimos victoriosos; pero lo peor de todo es que la gente acepta esa teoría. Aceptamos firmemente que nos refrieguen permanentemente como nosotros somos los fracasados y ellos los triunfadores; y así luchamos toda nuestra existencia por encontrar ese alguien, que tenga ese algo, que nos lleve al altar y podamos decir "si, acepto" para poder refregarle a otra persona lo triunfadores que somos.

Me resulta bastante paradójico que lo importante en la vida sea si te casas o no. Somos una sociedad completamente avanzada en las tecnologías, en los armamentos. Pero seguimos siendo una sociedad que mantiene esos prejuicios que se tenían hace años.

All you need is... ¿Love?

Todo lo que necesitamos es amor, dijeron los Beatles. Yo, por mi parte, creo fervientemente que tienen razón; que para lograr tener un mundo mejor hay dos cosas fundamentales que nos faltan: Amor y Respeto. Amor y respeto hacia uno mismo, hacia el otro y hacia la naturaleza.
Pero... ¿Qué es esa cosa a la que denominamos... Amor? ¿Cómo se la logra definir? 
En mi opinión para definir eso que sentimos y que denominamos amor, primero tenemos que rever de qué clase de amor estamos hablando. A qué nos referimos cuando hablamos de "Amor".
Yo, personalmente, amor leer un libro, ver un atardecer, ver una buena película e, incluso, amo a mis amigos y a mi familia. Entonces ahí podemos deducir, brevemente, qué podríamos definir por amor. "Amor son esas cosas, ya sean pequeñas o grandes, que nos hacen felices, que nos ponen bien, que nos alegran el día, que nos llenan el alma"
Ahora bien, cuando hablamos de "Amor" generalmente nos referimos a ese sentimiento que tienen que sentir una persona por otra, que tiene que ser recíproco porque sino no es llamado amor, que tienen que estar juntos, casarse y amarse para toda la vida.
Yo no sé si es porque las cosas se fueron desvirtuando, pero actualmente está impuesto en la sociedad que si a los 40 años no te casaste, no te enamoraste, no encontraste a esa persona que todos llaman "el amor verdadero", "el príncipe azul", no triunfaste en la vida. Que cosa rara... Decir que porque no hallaste al amor de tu vida  sos un fracasado. ¿No estamos siendo muy tajantes? ¿No estamos condenando a muchas personas que por X o por Y motivo a los 40 están solteros?
Además es algo completamente discutible. ¿Cómo somos capaces de decir que esa persona a la que amamos es el amor de nuestra vida? ¿Cómo hacemos para decirle que lo amamos para siempre?
En mi opinión eso es algo completamente errado porque las cosas cambian a lo largo de la vida. Lo que uno es hoy no es lo mismo que fue ayer y no es lo mismo que será mañana.
Toda nuestra vida está rodeada de cambios. En primavera los árboles tienen hojas y en otoño las pierden, las flores florecen y en otoño se marchitan; con mucha agua se ahogan con poca se secan.  Incluso nuestra biología misma cambia con el tiempo: cuando somos jóvenes crecemos y cuando somos viejos nos encojemos, se nos oscurece el pelo (hasta volverse canoso), engordamos, adelgazamos, nos cambian los ojos de color, etc. Un gran y largo etcétera.
Y no cambiamos solo físicamente (es decir biológicamente), cada cosa que nos pasa nos modifica. Cada persona con la que hablamos, nuestros triunfos, nuestras derrotas, los libros que leemos, las películas que vemos, las noticias que leemos, nuestra familia, nuestros amigos, las discusiones que tenemos, los debates, las cosas que aprendemos en la escuela... Todo nos lleva al cambio. Cada cosa que vemos, oímos, decimos y sentimos nos inciden al cambio. Todo es un condicionante para el cambio. Nosotros mismos nos condicionamos al cambio. Día a día cambiamos; y, aunque no nos demos cuenta hasta que lo vemos en la distancia del tiempo, no somos las mismas personas que éramos ayer, porque lo que ocurrió nos hizo cambiar.
Decimos "Esto yo no lo voy a cambiar porque es lo que soy" pero cuando alguien nos dice que le molesta, inconscientemente nos inducimos un cambio... Lento, quizá lo hacemos tan inconscientemente que no nos damos cuenta, pero es un cambio al fin y al cabo.
Y es ahí donde yo me pregunto ¿Si toda nuestra vida va cambiando constantemente cómo podemos decir que algo es eterno? ¿Si todas las cosas que nos pasan inciden, directa o indirectamente, y nos empujan al cambio cómo podemos decir que nuestro amor por alguien es para toda la vida?
 
Yo creo que es la salida fácil que le decimos a alguien para no darle a entender que en algún momento nuestro amor se pueda llegar a acabar. Pero, si todo en nosotros cambia constantemente, creo yo que es lógico que nuestros sentimientos también lo hagan y, con ellos, también cambia el amor que sentimos hacia alguien. Porque decirle a alguien que nuestro amor por el es eterno es decirle que nosotros aislamos ese sentimiento de nosotros y lo congelamos para que sea para toda la vida igual. Cosa que es completamente absurdo decir porque si cada cosa que pasa nos modifica, no podemos decir que algo que nos influye tan directamente (como es un sentimiento completamente nuestro) no se va a ver modificado nunca.
Desde el vamos, ya estamos partiendo de una ideal erróneo. Porque decimos que nuestro amor hacia alguien es igual y eso es una completa falacia. Nadie ama a la otra persona igual que lo hizo antes, porque eso a lo que llamamos amor es un sentimiento que se va construyendo día a día; y admitir que ese sentimiento se modifica día a día es admitir, también, que cualquier factor (tanto externo como interno) puede modificarlo tanto para bien como para mal.
Entonces, concluyendo, en mi opinión, esta frase tan usada es una simple escapatoria (una muy simple) ante una pregunta que no sabemos responder. Porque salvo que alguien tenga la bola mágica, lea las tazas de té (o café, en su defecto), tire las cartas del tarot o sea Trelawney nadie puede adivinar el futuro. Entonces nadie puede saber qué va a pasar mañana, ni tampoco sabe qué es lo que va a sentir; y, en vez de decir algo que si es completamente cierto como "Yo... Te amo hoy", decimos "Te amo para toda la vida" cuando eso es algo que no sabemos y, deduzco yo, nunca podremos saber.

domingo, 18 de agosto de 2013

Tori

La castaña se sentó en la cama, un café sobre la mesa de luz y las fotocopias que debía leer a su lado; tomó la primera y la miró, no sabía de qué se trataba pero se quedó observando la poco pulcra letra de su amiga. “S.T. siempre al rescate”le había escrito la clase anterior de Matemáticas, clase en la que ninguna de las dos entendía cómo era que debían hacer las cosas.
Se sentó en la cama y tomó una de las fotos colgadas en el corcho. No tenía muchas ganas de ponerse a hacer ejercicios y, en realidad, su mente vagaba trayéndole distintos recuerdos. Miró la fotografía por un momento, todavía recordaba esa escena como si hubiese ocurrido el día anterior.
La pelirroja, cansada de esperar a su amiga en la puerta de la residencia Elizabeth I, decidió ir a buscar a la castaña al edificio Newton, lugar en el que Sofía padecía sus clases particulares con el profesor de Matemáticas. Llevaba dos vasos de café y aguardaba, recargada en la pared, la salida de su amiga.
A las seis en punto la puerta se abrió y Victoria pudo ver a la castaña salir del edificio acompañada del profesor Saller, bajaron los escalones juntos y separaron sus caminos.
-¿Y?- preguntó la pelirroja. Sofía parecía mareada, no paraba de rascarse la cabeza y refregarse los ojos.
-No me entra más conocimiento, Face- respondió recargándose junto a su amiga y tomando el café que ella le tendía-, te juro que tengo la cabeza absolutamente quemada.
-Bueno, quizá lo que veas ahora te cambie un poco el panorama- dijo Tori al ver pasar caminando a Victorio, Alejandro y Adrián, sus profesores de literatura, filosofía y química respectivamente.
-Hola, sí… poder venir a enseñarme a leer cuando quieras- murmuró Sofía. Ambas se miraron de reojo y largaron una carcajada. Se conocían lo suficientemente bien como para saber que mirar a un chico implicaba alguno de esos comentarios, pero no podían evitar la risa cuando la otra los hacía.
Victoria se acomodó el pelo automáticamente; para la castaña ese no era un problema, llevaba su boina perfectamente acomodada y los mechones de pelo caían lacios y bucleados sobre sus hombros.
El ruido de la lluvia hizo a Sofía volver a la realidad, en algún momento de toda esa escena había aparecido su prima para sacarles esa fotografía. En realidad, y si la sacaban del contexto, lo que se veía no era más que dos amigas recargadas sobre una pared, charlando y riendo. Pero para ellas, que sabían quiénes estaban del otro lado de la cámara, en realidad no significaba sólo eso.
Se volvió a recostar en la cama, estaban a pocos días del invierno y eso significaba que ya se acercaba la fecha en la que se cumplirían doce años de conocer a su explosiva amiga. Intentó recordar cómo había llegado la pelirroja a su vida, en qué momento dejó de ser simplemente la vecina de sus tíos y comenzó a ser su amiga, pero no lograba recordarlo… quizá había pasado muy rápido, no lo sabía, pero simplemente no se imaginaba su vida sin esa chica.
Inconscientemente comenzó a pensar en todo lo que significaba para ella. La pelirroja, su aliada… la había lastimado tanto y, sin embargo, ella seguía ahí, al pie del cañón, lista para cuando su castaña amiga la necesitara.
Tori era la hermana que Sofía nunca había tenido, y simplemente eso podía responder cada vez que le preguntaban por qué esa chica que, a simple vista, parecía tan arisca y mala era tan importante para ella. No lograba imaginar un día sin su pelirroja, sin sus mensajes a cualquier horario y diciendo cualquier tipo de cosa.
Se habían peleado miles de veces pero se habían arreglado siempre, sin importar el tipo de pelea que hubiesen tenido. Y, a pesar de cualquier adversidad que hubiesen pasado, siempre supieron que en la otra podían encontrar un puerto al que volver cada vez que necesitaran tocar tierra conocida.
Tori era una bomba a punto de estallar en cualquier momento, pero siempre estaba dispuesta a prestarle su oído a la castaña. Siempre estuvo ahí para ella, en todo momento, en cualquier circunstancia. Y, ante todas las cosas, siempre estuvo dispuesta a defenderla ante cualquier persona que quisiera lastimarla.
No eran demostrativas pero, a su manera, lograban expresar el amor que se sentían. En su forma, medio agresiva medio tierna, ciclotímica y a las puteadas, ambas sabían que en la otra habían encontrado una hermana con la que contar siempre y, por sobre todas las cosas, fiel. Porque ese era uno de los rasgos más importantes que la castaña rescataba de su amistad con la pelirroja, sin importar nada siempre le fue fiel.
 Victoria era, principalmente, esa chica que la acompañaba a volar pero que, también, la ayudaba a recordar el terreno por el que caminaba. No recordaba la última vez que habían logrado mantener una conversación seria. Pero, ¿para qué quería tener una conversación seria cuando podía tener mil y una conversaciones extrañas que empezaban en un punto y terminaban en otro totalmente distinto?
Su amistad con la pelirroja era eso, siempre a las puteadas y a las piñas, pero se conocían lo suficiente como para saber qué decir y cuándo decirlo. No había pensamiento que cruzara la mente de la castaña que no fuese, automáticamente, escrito en un mensaje y enviado a su amiga. No había secretos entre ellas porque, aunque intentaran guardar algo, no lograban mantenerlo escondido por más de dos segundos; simplemente se conocían tanto que lograban saber cuándo la otra quería decir algo o estaba ocultando algo, incluso podían saber cuándo era un secreto o cuándo era una situación que, en realidad, la angustiaba y por eso lo escondía.
Sabían qué decir y qué no para lastimar o hacer sentir mejor a su amiga; sabían cuál era el momento indicado para hablar y en cuál debían permanecer calladas y dejar actuar a la otra; incluso sabían cómo actuar para demostrarle que estaba errando pero sin decir una palabra.
Los consejos de la pelirroja siempre eran los mejores porque, principalmente, nadie entendía y conocía a la castaña como lo hacía esa chica. Conocía sus sentimientos, sus modos, sus actos; sabía cuándo era temor lo que paralizaba a su amiga o cuándo actuaba acorde a su modo de ser. Conocía cada recóndito rincón de la mente y del corazón de la castaña y era, por eso, que podía aconsejarla mejor que nadie. La conocía tanto que incluso sus consejos sobre el amor eran los mejores, no había como la pelirroja para entender todos los problemas de Sofía con ese tema y para hacerla entrar en razón hablándole desde ese punto.
Sus padres nunca le habían dado una hermana, pero la vida se había encargado de presentarle a la castaña una, quien, en su opinión, era la mejor que podía haberle tocado. Las diferenciaban centenares de rasgos, físicos y mentales, pero su unión era más fuerte, iba más allá de esas diferencias. Porque, principalmente, las unían miles de otras cosas: su pasión por la música; su amor a Ska-p, esa banda que las había unido cada día más; sus libros, conocidos o desconocidos, pero que ambas disfrutaban tanto juntas como separadas; su pasión por la escritura, pasión que las unía siempre que podía; sus miles de mensajes de texto que siempre terminaban en canciones; las películas, series y dibujos animados; sus profundas ganas de ir, siempre, al cine; su pasión por el fútbol, tanto para jugarlo como para verlo. Pero también las unían miles de sus formas de ser: su manera de rechazar todo aquello que rozara lo cursi y extremadamente romántico; su manera de vivir a las puteadas y mandando a la mierda a la gente; no dejarse pasar por encima, no dejarse atropellar por nadie.
Sofía sabía que ambas tenían motivos para mandarse a la mierda y cortar con esa amistad, pero simplemente no podía concebir su vida sin esa chica. Amaba con todo su corazón a su pelirroja amiga, era capaz de hacer cualquier cosa por ella y trataba de demostrárselo cada vez que podía. Pero, por sobre todas las cosas, admiraba profundamente a esa chica; su capacidad de ser fuerte siempre, sin importar la circunstancia que la rodeara; su modo de encontrar luz en plena oscuridad; su forma de ser, de no dejarse pasar por encima por nadie, nunca; su modo de hacer siempre todo a su forma, incluso en los momentos en los que no debía o no podía hacerlo así. Y, principalmente, lo que más amaba de su pelirroja amiga era que siempre, ante todas las cosas, se había encargado de enseñarle a la castaña a ser mejor persona todos los días.
Caminaba por la calle, era una tarde tranquila. El sol caía lentamente y la gente paseaba, deteniéndose a mirar cada una de las vidrieras. A lo lejos lo vi, era él, eso estaba claro, pero no era como lo recordaba, estaba distinto; me vio, sé que lo hizo, quise evitarlo, pero ahí estaba, parada, saludándolo. Era un viejo amigo, quizá demasiado viejo, tanto que no recordaba la última vez que habíamos hablado, ya era un extraño para mí.
-¿Cómo estas?- preguntó.
Las palabras se agolparon en mi mente: "mal, rara, triste, desolada, enojada. Me siento desechable, cambiable, insignificante, innecesaria, vacía, rota, quebrada. Me siento estúpida". Lo miré desconcertada pero fingí una sonrisa. ¿Podía confiar en él? creía que sí, al menos recordaba haberlo hecho, pero era ya mucho el tiempo, muchas las cosas que pasaron entre nosotros, no era lo mismo y dudaba que pudiese serlo.
-Bien, estoy muy bien -afirmé, quizá más para mí que para él. El extraño sonrió y siguió su camino, sin detenerse, sin mirar atrás, sin voltear a mirarme. Una lágrima intentó escapar y rodar por mi mejilla pero la sequé inmediatamente, no iba a llorar, no por él, no otra vez.