miércoles, 16 de octubre de 2013

Un día...

De los padres se pueden heredar muchas cosas, el color de ojos, de pelo, la altura, el físico, etc. De mis viejos no heredé ni el color de ojos ni el del pelo, esas son características que vienen de mis abuelas. Pero si heredé otras cualidades, más importantes en mi opinión que las físicas.
Una noche mi papá agarró un libro y me contó una historia, no lo dejé irse a dormir hasta no saber cómo terminaba. La segunda noche me obligó a esperar al día siguiente para saber el final. Ya para la quinta noche no era necesario que me dijera nada, yo sabía que en algún momento el relato se iba a terminar y debía esperar todo un día para saber cómo terminaba el cuento. Sin que yo me diera cuenta se pasó un año de historias. Pero, una noche, sin que yo notara cuál fue, mi papá dejó de ir a leerme un cuento como lo hacía antes.
Un día, paseando por el centro de calle doce, mi mamá me hizo entrar en una librería y me compró la primer novela que leí yo sola... “Mujercitas”. Fue un día, como cualquier otro, en que empecé a leer por mis propios méritos. Fue ese el día en que mis papás festejaron mi temprano inicio de independencia.
Un día llegué llorando de la escuela y mi mamá se acostó a mi lado y me abrazó hasta que me tranquilicé y me quedé dormida.
Podría haber heredado un montón de cosas de mis viejos pero heredé las mejores. Una personalidad fuerte que me permite afrontar mis problemas, sabiendo que si caigo van a estar ellos dos para ayudarme a levantarme; una impaciencia extrema por averiguar cómo terminan las cosas, pero, también, una poca paciencia para darles su tiempo; el amor por la lectura, por agarrar un libro y transportarme a otra realidad.
Un día le mentí a mis papás y perdí su confianza; ese día aprendí la importancia que tiene la honestidad, hoy creo que es una de las mejores cosas que me enseñaron.
Un día vi a mi mamá estar despierta hasta las cinco de la mañana para hacerle el aguante a su amiga, ese día aprendí la importancia que tiene la lealtad hacia las amistades.
Un día me enseñaron a luchar por mis ideales, a pensar por mi misma y a no dejarme pasar por encima.
Un día encontré a mi papá sentado en la computadora escribiendo. Lo que nunca supe, hasta el día de hoy, que ese iba a ser el inicio de una pasión que mis viejos me inculcaron, el amor a la escritura.
Un día necesité un consejo y ellos estuvieron ahí para escucharme; ese día me enseñaron lo importante que es estar cuando el otro te necesita.
Un día, paseando por el centro, vi unos nenes pidiendo comida. Mi papá entró a un kiosco y les compró, si no me equivoco, unos alfajores. Ante mi pregunta, una tan esperada, de por qué les compraba eso si no les iban a dar nada a cambio, mi papá me respondió: “Porque la solidaridad es desinteresada”.
Un día, siendo ya más grande, vi como mucha gente da esperando algo a cambio. Ese día mi papá me enseñó que en la vida siempre va a haber gente que espera que le devuelvan lo que dan.
Un día vi a mi mamá secarse las lágrimas para evitar que mi hermano y yo viéramos que estaba mal; ese día aprendí lo fuerte que puede ser una persona, que puede estar llorando y, al mismo tiempo, fingir una sonrisa y decir “está todo bien”. Ese día aprendí lo importante que es ver detrás de las sonrisas falsas que hace la gente que nos importa.
Un día dejé de recibir los llamados de mi vieja para ver si estaba todo bien, qué estaba haciendo o qué iba a hacer. Ese día comprendí que me había ganado su confianza.
Un día me senté a pensar qué había heredado de mis papás y me di cuenta que muy pocos rasgos físicos son de ellos. Pero... ¿a quién le importa lo físico cuando heredé lo mejor de cada uno de ellos?

miércoles, 9 de octubre de 2013

Días de biblioteca

Era un típico día primaveral; el sol alumbraba cada lugar de la plaza, el viento soplaba suavemente y mis cabellos se movían a su merced. Mis amigos charlaban sobre temas sin relevancia cuando la alarma de mi celular sonó, ya eran las tres de la tarde y debía irme.
- Bueno amores de mi vida- dije mientras me levantaba y agarraba mi bolso-; el deber me llama, así que yo me retiro.
- ¿Ya te vas?- preguntó Emi, mi mejor amiga.
- Si querida, tengo que ir a la biblioteca.
- La verdad es que no entiendo para qué haces eso- dijo Mari mientras agarraba el paquete de galletitas, los demás chicos, a excepción de Emi y Santi, asintieron, dándole la razón.
- Lo hago- respondí enojada, ya estaba cansada de que todos me dijeran lo mismo-, porque es una buena causa y porque creo que es una buena forma de contribuir a la sociedad. Si pudieras tomarte una hora de tu vida por día podrías ver la emoción con la que te reciben los nenes cuando vas a verlos.
- Yo tengo una vida complicada Violetta, no tengo tiempo para andar perdiendo.
- No es perder tiempo María, es poder darle a los nenes algo más que la mierda que ven día a día, es darles esperanzas. Vos no sabés lo que se siente, pero es hermoso ver la sonrisa en sus rostros mientras vos, tomándote sólo una hora, vas a contarles el libro que leíste; siquiera tenés que leerselos simplemente con tu simple presencia ya se sienten mejor.
Luego de decir eso me encaminé hasta la parada del colectivo; tenía media hora para llegar hasta la biblioteca y el micro tardaba quince así que podía tomarme unos minutos para fumar un cigarrillo tranquila y pensar en qué libro iba a contarles; siempre querían que les cuente más de uno y tenía que estar lista para el batallón de nenes sentados frente a mi, sonriendo y esperando que empezara el relato.
La rutina era siempre la misma: a las tres y media llegaban los nenes y estábamos más de media hora hasta que se sentaban y me contaban cómo había sido su día y, a veces, su semana; me encantaba ver que, por un rato, ellos sonreían y podían disfrutar de su niñez. Pero era muy fuerte verlos a diario trabajando o pidiendo monedas en la calle para poder ayudar a sus papás. Yo intentaba ayudarlos lo máximo posible, les daba comida, ropa y, también, algo de plata; pero nunca fue lo mismo ver sus caras de felicidad y, al día siguiente, ver su cara cuando andaban por las calles. Generalmente para las cuatro de la tarde podíamos sentarnos a leer o, como pasaba casi todos los días, a que yo les cuente lo que había estado leyendo en la facultad.
Saqué mi celular del bolso y enchufé los auriculares; el micro estaba a dos cuadras de distancia, podía verlo acercándose. Me subí y, luego de pagar por el viaje, comencé a buscar un asiento vacío; no había nada, así que debía viajar parada.
Quince minutos más tarde estaba bajando del colectivo, ya tenía en mente los libros que iba a contarles a mis pequeños lectores; iba a hacer una pequeña recolección de algunos textos que habíamos leído en la facultad y, como hacía siempre, iba a contarles sobre el autor y el contexto. Esos nenes, aunque nadie lo creyese, amaban la historia, eran pequeños lectores que, por las vueltas de la vida, no podían tomarse el tiempo para sentarse a disfrutar de un buen libro; pero sus madres los llevaban todos los días a la biblioteca, era su pequeña rutina y su manera de contribuirles con todo lo que ellos hacían para con su familia.
Me paré en la esquina, tenía que lograr encontrar el atado de cigarrillos que estaba metido en el bolso; cuando lo encontré saqué uno y lo prendí. Estaba a cinco cuadras de la biblioteca y, como no quería llegar fumando, me apoyé en una pared hasta terminar el cigarrillo.
Una vez que lo terminé, continué con mi caminata. Llegué y vi que la mamá de Julieta, una de mis pequeñas lectoras, estaba saliendo por la puerta; eso quería decir que los nenes ya estaban adentro y que, por primera vez, habían llegado antes que yo.
Entré lo más deprisa que pude, no era normal que yo llegase tarde y no quería preocuparlos ni hacerles pensar que no iba a ir; cuando llegué a nuestro habitual rincón ya estaban todos sentados mirando la silla vacía que debería estar ocupando yo. Nicolás me miró y sonrió; era demasiado sencillo hacerlos felices por un momento, pero era mucho más satisfactorio para el alma verlos sonreir cuando simplemente les contaba algo sobre mi vida o los escuchaba cuando me contaban sobre la suya.
- ¡Vi!- gritaron todos al unísono.
- Hola amores- respondí sonriente, la verdad es que no había tenido una muy buena semana, pero esos nenes siempre me hacían sentir tan bien, tan completa, que era imposible no ser feliz con alguno de ellos al lado mío-; ¿Cómo están?
Y así comenzaron a contarme cada uno cómo habían pasados sus días desde la última vez que nos vimos.
- ¿Qué nos vas a leer hoy Violetta?- preguntó Julián; un chico de doce años que era bastante reacio al cariño que yo trataba de brindarle. Nunca lo culpé, tenía una vida complicada y nunca nadie se había acercado a tratar de ayudarlo, era lógico que no confiara en mi.
- Contanos lo que viste en la facultad Vi- dijo Mariana, su hermana menor.
- ¿Lo que vi en la facu?- murmuré mientras pensaba bien en qué cuentos iba a contarles; ya tenía algunos en mente pero, a último momento, cambié de opinión-; tenía pensado contarles algunos libros que leí para la facultad y que no les había contado, pero creo que podemos hacerlo de una forma distinta.
- ¿Cómo?- preguntó Nico.
- ¿Se acuerdan de la primer actividad que hicimos juntos? ¿Cuando leímos muchos libros distintos y los relacionamos?- pregunté y ante el asentimiento de todos proseguí-, bueno creo que podemos hacer algo parecido.
Me levanté de la silla y me senté en el suelo, para poder quedar a la misma altura que ellos; saqué de mi bolso las cosas de la facultad y empecé a revolver entre los papeles hasta hallar lo que estaba buscando. Les di unos libros y, junto a estos, unas hojas.
- ¿Qué es esto?- me preguntó Clari.
- Eso es lo que vamos a ver hoy- respondí-. ¿Alguno puede decirme qué textos son?
- Si vos sabés cuáles son- dijo Mari.
- Si, pero no todos ustedes.
- Son “El conde de...”- comenzó a decir Julián.
-¿De...?- preguntó Federico.
- No sé- respondió Juli.
- Montecristo- dije.
- Ajá- respondió Julián como quien quiere la cosa-. Después está “Oliver Twist”, “La vuelta al mundo en...”
-80- dije.
- “días”- finalizó él-, y “Bola de sebo”.
- Muy bien, ya sabemos qué es lo que vamos a leer- dije mientras me paraba para agarrar mis anteojos del bolso-, ¿Conocen alguno de estos libros?
- Yo...- comenzó a decir Fernanda en un susurro casi inaudible.
- ¿Vos...?- pregunté.
- Yo conozco el de Oliver- respondió ella-; mi papá me lo leyó un día.
- ¿En serio?- preguntó Fermín-; ojalá mi papá me leyera algo.
- Para eso la tenemos Vi- dijo Fer alzando la vista; yo le sonreí inmediatamente mientras le asentía con la cabeza.
- Bueno...- comenzó a decir Julián-, no es lo mismo ella que nuestros papás.
- Julián- lo regañó su hermana, acto que generó muchas risas; no era normal ver a una nena de siete años retando a su hermano de doce.
- Está bien Mari- dije-; tiene razón tu hermano, no es lo mismo lo que haga yo que lo que hacen sus papás. Pero- agregué mientras me volteaba para poder verlo-, tus papás hacen muchas cosas por vos aunque eso no incluya leerte un libro. Y ahora vamos a dejar de pelear y vamos a leer, ¿Les parece?
Todos asintieron; estaban más felices que nunca, y eso me encantó.
- ¿Por qué vamos a leer estos libros?- preguntó un curioso Facundo.
- Porque todos tienen un tema que los relaciona y que es un tema que estamos viendo en los libros hace un tiempo. ¿Se acuerdan cuál es?
- Si- respondió Facu-, la solidaridad.
- Exacto- respondí.
- ¿Nos trajiste para hacer como hacemos siempre?- Preguntó Julián; aunque él no quisiera admitirlo, y fuese reacio a cualquier acto de cariño, le encantaba la historia y leer las biografías de los autores de los libros que leíamos, y le encantaba cuando yo llegaba con todo lo que veía en la facultad porque debía buscar ambas informaciones.
- Porsupus- respondí-; de hecho...- dije mientras buscaba entre los papeles que me habían devuelto los chicos-, acá están.
Se los tendí a Juli, que los inspeccionó minuciosamente; sus ojos se iluminaron, obtuvieron un brillo que sólo aparece cuando vemos algo que nos hace muy feliz. Yo sonreí, me encantaba verle la cara cuando observaba y leía todas esas cosas que tanto le gustaban.
- Está bien- dijo mientras dejaba los papeles a su lado-, ya podemos seguir.
- Gracias por darnos permiso- dijo Facundo.
Todos reímos, las peleas entre esos dos chicos eran lo mejor. Tenían la misma edad y se conocían desde los tres años, además tenían una historia muy parecida y habían vivido todo juntos; eran, prácticamente, hermanos.
- Bueno, vamos a comenzar con...- dije mientras veía los textos- Con “El conde de Montecristo”.
- ¿Vos nos vas a leer la parte de la solidaridad?- me preguntó Emiliana, ella todavía era muy chica y no sabía leer.
- Si- respondí-; acá Alejandro Dumas padre escribe “Si, aquí estoy, soy rico de porvenir y rico un tanto de dinero. Toma, toma padre, y envía al instante por cualquier cosa”
> “Y vació sobre la mesa sus bolsillos, que contenían una docena de monedas de oro, cinco o seis escudos de seis francos cada uno y varias monedas pequeñas”.
- ¿Termina ahí?- preguntó Julieta.
- No amor, pero esa es la parte que elegí leerles- respondí-. Ahora bien, ¿Alguno puede decirme por qué es solidaridad?
- Porque el chico le dio la plata a su padre- respondió Martín.
- Porque a pesar de tener sus necesidades le dio todo a su padre para que pueda seguir viviendo bien- respondió Julian.
- Muy bien- dije-; muy, pero muy, bien. Ahora Juli, ¿querés contarnos sobre el escritor y el contexto?
- Bueno- dijo él con una pequeña sonrisa que aparecía por su rostro-. El contexto es la Revolución Francesa; fue un conflicto social y político donde se enfrentaron los partidarios y los opositores del Antiguo Régimen.
- ¿No dice nada más?- preguntó Facundo.
- Si, pero no lo entiendo- respondió Julián enojado.
- ¿Querés que se los explique yo? Así no tenés que leer del apunte- pregunté.
- Bueno, si- me dijo.
- Como dijo Juli, la revolución francesa fue un conflicto tanto político como social (o sea que se veían involucrados tanto el gobierno como el pueblo, por así decirlo). Esta revolución marca el final de algo que se conoce como “Absolutismo”; por este motivo, cae la monarquía y la burguesía se convierte en la clase dominante.
> Fue bastante complicado llegar al momento en que la monarquía perdió completamente el control y lo ganó la burguesía, pero es lo que permite que hoy no haya reyes sino presidentes.
- ¿Sigo con el autor?- preguntó Julián cuando vio que yo había terminado de explicarles; ante mi asentimiento él prosiguió-. Alejandro Dumas padre: nació en 1802 y murió en 1870; es un autor pro... pro...
- Prolífico- completé yo.
- ¿Y qué es eso?- preguntó Fermín.
- Eso significa que es una persona con una amplia producción; por ejemplo: tragedias, dramas, melodramas y aventuras entre otros.
- Ajá- dijo Juli, creo que ya estaba harto de que lo interrumpamos-; sus novelas más conocidas son “El conde de Montecristo” y “Los tres mosqueteros”.
- Exacto- dije- ¿Algo más que agregar?
- No- respondió él-, seguí con los libros.
- Bien...- murmuré mientras buscaba el siguiente-. Vamos a leer “Oliver Twist”- dije, y así, en ese silencio tan hermoso que siempre me dedicaban mis pequeños lectores, les leí los primeros cuatro capítulos de esa maravillosa historia-. ¿Por qué creen que habla de la solidaridad?
- Y...- empezó a decir Martina-, porque...
- ¿Si Marti?
- Porque a pesar de todo hay gente que todavía se preocupa por los nenes de la calle.
- Yo no sé si es tan así- dijo Facundo-; porque los de la parroquia lo reciben pero cuando ya es un poco más grande, o cuando les pide un poco más de comida, lo quieren echar.
- Pero los de la parroquia fueron los que le dieron comida y cuidados por nueve años- interrumpió Jazmín.
- Pero, ¿de qué sirve que te den comida y cuidado por nueve años? Nadie está listo a los nueve años para salir a trabajar a la calle, en cualquiera de las cosas que hagas- respondió Julián.
- ¿Puedo dar mi opinión chico?- pregunte, no quería interrumpirlos pero me parecía que no estaban pensando claramente. Ante el asentimiento de ambos agregué-. Yo creo que el error es que los de la parroquia se quieran sacar de encima a los nenes o que porque pidió un poco más de comida lo quieran echar; pero no podemos negar que esos nueve años que lo tuvieron y lo cuidaron, sea de la manera que sea, es solidaridad.
- Puede ser- murmuraron Facu y Juli al mismo tiempo.
- Charles Dickens- prosiguió Julián-: nació en 1812 y murió en 1870; es el principal novelista de la era victoriana. Y ahora- dijo mientras me miraba- contanos lo del contexto.
-Bueno- dije mientras agarraba las hojas que él me tendía-. La revolución industrial: es un período que abarca desde mediados del siglo XVIII y principios del siglo XIX; está caracterizado por sus transformaciones socioeconómicas, tecnológicas y culturales. Es este el comienzo del trabajo y la economía basada en la industria y la manufactura.
Todos me miraban con una expresión que indicaba concentración.
- ¿Qué vamos a leer ahora?- preguntó Mari.
- “Bola de sebo”- esto generó muchas risas por parte de los nenes-. Bueno, bueno, no es tan gracioso el nombre- interrumpí y, después de que todos se callaran, les leí el cuento-; ¿Qué aprendemos de esto?
- Que no hay que ayudar a nadie porque todos te cagan- dijo Julián con cierto resentimiento.
- Disculpame Juli, pero acá disiento- dije yo.
- ¿Y vos qué sabes de vivir en la calle?- me escupió él.
- No tiene nada que ver con vivir en la calle Juli- le respondí-; gente buena y mala hay en todo el mundo y en todas las clases sociales. Sé lo que es confiar y ayudar a alguien y que después te cague, pero también sé la hermosa sensación que implica saber que ayudaste a alguien. Y eso es solidaridad, es ayudar sin esperar nada a cambio; es como dice la canción de Fito “Dar es dar, dar y amar”; simple y sencillo, uno da porque es feliz haciéndolo no porque espera algo del otro.
- ¿Y por qué no se puede esperar algo del otro?- preguntó Facundo.
- Porque la solidaridad es desinteresada. Porque uno tiene que dar por el simple placer de ver la sonrisa que se dibuja en el rostro del que ayudaste; porque uno tiene que dar porque es feliz dando, no porque espera que el otro le de también. Esa es, en mi opinión, la base de la solidaridad.
- ¿Y por qué crees eso?- preguntó Clara.
- Porque lo veo a diario, porque lo siento cada vez que estoy acá Clari. Yo no vengo acá a leerles esperando que ustedes me den algo; yo vengo porque me llena el alma verlos sonreír, verlos felices de que alguien se preocupe por ustedes. Vengo porque me gusta más verlos sonreír, no me importa si ustedes me devuelven o no lo que yo les doy.
- Mirá vos- dijo Juli-, alguien que se preocupa por nosotros. ¿Podemos seguir?
- Porsupus- respondí.
- Bien. El hombre este- comenzó a decir.
- Guy de Maupassant- interrumpí.
- Ese- continuó sin darle mucha importancia a mi comentario- nació en 1850 y murió en 1893; es más conocido por sus historias de terror, que lo posicionan a la altura de Poe, y escribió bajo muchos seudónimos. Sufrió de muchos problemas de salud que llevaron a varios intentos de suicidio y, por eso, lo terminan internando en una clínica; un año después muere.
- ¡Linda vida la del hombre!- ironizó Mariano, un chico de unos trece años.
- Ahora vos nos contás el contexto- dijo Julián sin darle importancia al comentario de Marian; no se llevaban bien y, de hecho, soportaban por poco estar sentados en la misma habitación.
- Bueno- dije tratando de evitar más conflictos; el aire se cortaba con un cuchillo oxidado y había que tratar de bajar la tensión que se apoderaba del espacio-. El contexto es la guerra franco-prusiana; es una guerra que comienza en 1870 y termina en 1871 y es un conflicto entre Francia y el Reino de Prusia.
> Es una guerra que marca el último momento de la unificación alemana bajo el reinado de Guillermo I de Prusia; la caída de Napoléon III; la caída de la monarquía en Francia y el fin del segundo imperio francés, que fue sustituido por la Tercera República francesa.
- Nos queda un solo libro, ¿No?- preguntó Martina.
- Si- respondí- nos queda “La vuelta al mundo en 80 días”- agregué y comencé a contarles el capítulo que yo creía que hablaba más sobre la solidaridad; este capítulo hablaba sobre un rescate que hacían los personajes principales a una chica que la iban a sacrificar.
- ¡Es muy tierno!- dijo Mariana-. Y además es re solidario, arriesgan su vida para salvar la de ella.
- Exacto- respondí mientras miraba el reloj-; bueno peques debemos apurarnos porque ya los van a venir a buscar. El contexto es la segunda revolución industrial, que sucede en Inglaterra; el capital estaba concentrado en pocas manos y las clases sociales estaban muy diferenciadas. Se generan muchos cambios tecnológicos en esta época; pero las clases sociales más bajas seguían bajo condiciones malas, no sólo sociales sino también laborales.
- Es como siguen las cosas ahora- murmuró Julián, sólo yo lo escuché; y después agregó-. El autor es Julio verne, nació en 1828 y murió en 1905; se dedicó a escribir sobre ciencia ficción y aventuras y, con sus obras, predijo muchos avances tecnológicos como el submarino y el viaje a la luna.
- Vi- dijo una de las bibliotecarias interrumpiendo nuestra charla- ya llegaron las mamás a buscarlos.
- Bueno Juli, nos despedimos y vamos para allá- dije antes de volver la vista a los nenes-; amores, deben irse. Fue muy lindo volver a verlos.
- A vos también Vi- dijo Mariana.
- Los veo en tres días peques.

Y así, con un suave abrazo de cada uno, terminó otro día en la biblioteca.

Un futuro... ¿mejor?

Salí de mi departamento y me subí al ascensor que me esperaba con las puertas abiertas. Creo que soy una de las pocas personas que todavía recuerda lo que había antes, que todavía que recuerda todo lo que pasaba antes de que la guerra estallara.
-          Al centro, frente a la plaza central-respondí automáticamente. Todo el viaje pasó en completo silencio, mi mente estaba muy lejos de ese lugar. Todavía recordaba todo lo que había ocurrido antes de la guerra y cómo había cambiado todo-. Gracias-murmuré mientras bajaba del ascensor.
Observé todo a mi alrededor, nada era igual, la tecnología había avanzado a tal punto que ya no era necesario caminar, si vivías en una casa tenías tubos trasladores al lado de tu puerta. Los pocos que caminaban lo hacían vestidos totalmente de negro, eran los que vivían tras el muro y entraban en la ciudad únicamente para realizar los trabajos que nadie quería realizar. Si los hubiese visto años atrás, mientras estaba sentada en una mesa del café con mis amigas, los hubiésemos comparado con códigos de barra. Todas las paredes eran blancas y ellos no hacían otra cosa que camina hasta llegar al punto al que debían ir.
Sentado en el borde de la fuente se encontraba mi novio que me esperaba mientras leía el diario. Me acerqué a él y, sin decir nada, le saqué el diario de las manos, sabía que a él le molestaba pero lo hacía porque era muy graciosa la manera en que se enojaba, sólo cuando se daba cuenta que era yo me sonreía.
-          ¡Será posible que estos negros siempre quieran aprovecharse de…- sus palabras quedaron en el aire mientras me miraba con cara de desconcierto. Lo estaba perdiendo, Will era uno de los pocos que se había dado cuenta de la manera en que los gobernantes trataban a los que estaban tras el muro. Y, ahora, desde que había ascendido, estaba completamente de acuerdo con lo que hacía el gobierno. Aunque, de a ratos, recordaba lo que pasaba y volvía a ser el mismo del que yo me había enamorado años atrás-. Yo… Ehh…- balbuceó- No era lo que quería decir… Yo…
-          Está bien William- murmuré enojada, aunque en realidad no sabía con quién. Me enfurecía con todos, pero mayormente con los del otro lado del muro por no hacer nada para cambiar las cosas.
Observé la fuente, su simple presencia ya me molestaba. En el pilar más alto había un hombre de traje con sombrero y maletín. A su lado, en un pilar más bajo, había una mujer con vestido. Lo que más me enfurecía eran las figuras que estaban abajo. A los pies de ambos había dos personas, un hombre y una mujer, vestidos totalmente de negro, que les besaban los pies.
Logramos llegar a la puerta del Ministerio, pero antes de entrar sentí dos brazos rodearme la cintura y empujarme para hacerme entrar en una camioneta. Me vendaron los ojos y sentí el auto comenzar a andar bajo mis pies. Sólo cuando llegamos, y me bajaron, me sacaron la venda. Estábamos del otro lado del muro, eso lo supe sin necesidad de que me dijeran nada. Lo único que me extrañó fue que me dijeran que ellos eran como yo, que recordaban todo lo que pasaba antes de la guerra y que, como yo estaba de un lado y ellos del otro lado del muro, necesitaban mi ayuda.
Comenzamos a caminar hasta llegar a una cabaña, en la puerta había un cartel que rezaba: “Cuando más brilla el mundo de las mercancías y de los valores del Mercado, menos vale y menos importa el Ser humano. El Che”. Eran carteles de lucha, de revolución. Eran carteles que denotaban un cambio futuro, un cambio para mejorar la vida de todos. Eran carteles de aliento.

Arte...

1.      Desde siempre, el arte sirvió como método para poder entender su contexto socio histórico; indiscutiblemente, cada artista logra representar una faceta del momento en que vivió.
Es desde los diseños audiovisuales, escritos, audios, visuales, etc. que el ser humano logra terminar de comprender qué ocurre o qué ocurrió en un momento determinado. Es el arte, desde sus distintos estilos, el que termina de englobar cada uno de los sucesos ocurridos en un lugar y un momento particular.
Y es desde este mismo que la sociedad es, se comunica, se une y se separa.
Los movimientos artísticos, las distintas vanguardias, los modos de ser de cada artista modifican a la sociedad, rompen estructuras, marcan momentos, estilos, formas.
El arte es, en sí, la mayor forma de comunicación del ser humano; gracias a éste la sociedad se entiende sin importar idioma, raza, religión o lugar de procedencia. Y es por este motivo que no está, y no puede estar, aislado de su contexto social.
En su obra, el autor marca a fuego sus ideas, pensamientos, estilos; marca un momento, deja una impronta… su impronta.
El arte atraviesa todas las líneas de la vida, marca a las personas, las une y las separa. Sin importar el momento, cada suceso de la humanidad se vio acompañado por un movimiento artístico característico. Hablar de The Beatles es hablar de los 60’ y los 70’; hablar de Sui Generis y de Seru Giran es hablar de la última dictadura militar; hablar del Pop Art es hablar de los 50’; y así podríamos continuar nombrando miles de vanguardias artísticas que marcaron a fuego un momento determinado.